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Martes, 7 de abril de 2020
SOCIEDAD

8/1/2020

Calle de la Amargura

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Jesus Lechon / Un turolense en Castellón

Mis hijas se han hecho mayores y me dicen que no están para dinosaurios. Año tras año en los innumerables viajes que hemos hecho desde Castellón unas veces con destino a Calamocha y otras a Zaragoza a través de la autovía mudéjar les hemos asegurado que allí detrás estaba Teruel con la eterna promesa de que un día entraríamos a ver Dinópolis y daríamos un paseo por la ciudad. 

De buena mañana hoy sábado, nos hemos puesto en marcha. Supongo que finalmente vamos a visitar la ciudad como la mayoría de la gente, porque ya tocaba, y por qué una cosa es el ser y otra el estar y queremos comprobar que efectivamente la ciudad de los amantes está ahí detrás de la autovía.

Mi mujer ha consultado en la red donde aparcar y hemos terminado en la estación de tren. Ella se ríe y nos cuenta como un buen samaritano ha dejado el siguiente comentario “tranquilos, tendréis sitio en la sombra, no pasan trenes”. Una frase demoledora y rotunda que parece un epitafio. Tal cual aparcamos. En Teruel todo es cierto, todo es verdad. Aunque a veces cueste creerlo y haya que repetirlo.

Ser turista en tu tierra da ese punto de intranquilidad que te hace sentir raro cuando te ves a ti mismo bajo el cielo que te vio nacer en pantalón corto, con la camiseta de los Ramones uniformada toda familia, la mochila salvavidas con rosquilletas y agua de Orotana, la cámara de fotos en una mano, el móvil en la otra y el sombrero. A ver qué cuento chino me invento si me encuentro con algún conocido al respecto de que hacemos aquí y por qué hemos tardado tanto en volver. Pienso en llamar a mi amigo Joaquín, pero siento vergüenza. “Oye estamos de turismo en Teruel” él que ha echado raíces al pie del Torico, se partiría de risa y diría, “anda esperar os mando al zagal nos os vayáis a perder, que te conozco”.

Es a mitad de la escalinata cuando recuerdo la primera vez que vine a Teruel a la consulta del médico de la mano de mi madre y subí esas mismas escaleras tal vez de dos en dos. Me fijo en mis hijas que no paran de hacerse selfis, va a ser un día largo, ¡cómo ha pasado el tiempo! Luego vine muchas veces más y al final era yo quien llevaba a mi madre por aquella carretera que iba de Sagunto a Burgos y que supongo aun existirá conduciendo el cuatro latas rojo. En lo que va de siglo tan solo he estado tres o cuatro veces de visita en la residencia. Me pregunto qué hago subiendo las escaleras si aquello parece un ascensor, decido girarme, mirar para otro lado, descansar y hacer alguna fotografía.

Fue maravilloso me vi a mí mismo allí con aquel jersey blanco de AC/DC haciendo la selectividad a mediados de los ochenta antes de marcharme a estudiar a Zaragoza me pudo la emoción y se lo conté a la familia, “aquí me examine, aunque el nombre del instituto no me dice nada, estoy seguro que fue aquí donde aprobé mi paso a la universidad” Mi selectividad había sido meses atrás tema estrella cuando presumí ante mis hijas de haberla aprobado a la primera y mi mujer me dijo sin compasión alguna, “haz memoria, te examinaste dos veces y aprobaste en septiembre”. 

 “¿Papa, tú que casi eres de aquí?, hacia donde vamos”. “Hacia delante, siempre hacia adelante, no cabe otra en esta tierra, aunque sea cuesta arriba”. Y seguimos. Y me paré unos metros más arriba y extrañadas se acercaron a mí y les pedí una fotografía donde pudiera leerse que un día estuve en la calle de la Amargura. Allí donde el modesto equipo de fútbol El Terror de Teruel a decir de la hemeroteca del diario La República, (días atrás curiosamente había estado persiguiendo en ella la historia del Club Deportivo Calamocha) tuvo su sede social allá por 1931 y su tesorero don Antonio Burgos trataba de organizar un encuentro entre ambos equipos que se enfrentaron en aquellos sanroques, saliendo derrotados los de la capital. Ramosa nos lo contó 5,5 pesetas costó el viaje a los aficionados. 

No cabe mayor romanticismo para el nombre de una calle y en Teruel sin duda con más razón. Dice el diccionario al respecto de amargura: aflicción, disgusto y añade, calle de la amargura, situación angustiosa prolongada. Y es precisamente ahí donde está Teruel desde que uno puede recordar. 

Envio un selfi por wasap al grupo familiar que dice: “recuerdos desde la calle de la Amargura en el mismo centro de Teruel”. Alzo la vista y tiro hacia adelante. Un rumor ensordecedor proveniente de la plaza del Torico nos envuelve. 

Continuará.

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