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Lunes, 28 de septiembre de 2020
LAS CUENTAS CLARAS

26/2/2020

A propósito de la eutanasia

Antonio Muñoz
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El pasado 12 de febrero se aprobó en el Congreso de los Diputados una proposición de ley sobre la eutanasia que daba luz verde a la iniciativa parlamentaria que pretende legalizar esa práctica. La proposición se aprobó con el apoyo de todos los grupos políticos de la cámara excepto el PP y VOX.

Con independencia de las consideraciones éticas, jurídicas, políticas o incluso médicas que el asunto tiene, me gustaría reflejar en estas líneas una perspectiva no novedosa, porque ha sido ampliamente estudiado en la literatura académica, pero sí desconocida para el gran público, y es un enfoque economicista o económico, aunque pueda parecer un enfoque desencarnado o incluso inhumano. La perspectiva del artículo no está basada en la afección que puede llegar a tener esta práctica en términos presupuestarios ni tampoco se profundiza en el debate sobre la oportunidad o no de regular su puesta en marcha. 

El término eutanasia parece ser que procede del griego eu=bueno y thanatos=muerte, es decir buena muerte. Se puede definir como el acto de acabar con la vida de una persona que está enferma con el objetivo de evitar el sufrimiento, ya sea a petición del interesado o por un tercero que tenga legitimidad para ello.

Es tradicional en la Teoría Económica la consideración del ser humano en términos de capital humano como el propietario de un activo que se denomina así: Capital Humano. Como activo que es, debe ser capaz de generar un beneficio que, además, tiene un doble origen. Un beneficio interno, es decir, la utilidad que al individuo le proporciona su existencia y que tiene carácter subjetivo y particular: cada uno con su cuerpo está más o menos satisfecho y ese grado de satisfacción le genera una utilidad. En este caso, el beneficio obtenido no sería monetario, sería medible en cuanto a satisfacción personal y, además, es muy difícil apreciar desde el exterior. 

El otro beneficio obtenido, sí que sería de carácter monetario y sería el obtenido por poner en el mercado de trabajo sus capacidades y obtener como contraprestación un salario. Por supuesto, ambos beneficios no se pueden entender sin el concurso de otros individuos que ayudarían a obtener un mayor beneficio en un trabajo realizado cooperativamente, que realizado individualmente. 

La cantidad de Capital Humano que un individuo dispone y que, por lo tanto, es capaz de generar beneficios depende de ciertos valores como los factores biológicos, sociales, culturales y de la ley de la entropía, es decir, del paso del tiempo. Por lo tanto, se puede afirmar de forma inexorable que el capital humano va descendiendo a lo largo del tiempo, fruto del envejecimiento, va siendo amortizado como el resto de activos. Pero mientras que otros activos, como por ejemplo la maquinaria, los vehículos o la vivienda, son sustituibles por otros activos, el capital humano no se puede sustituir, no es posible comprar un cuerpo nuevo o una mente nueva. La tecnología no ha descubierto, excepto en las películas, cómo hacer ese recambio. 

Todo lo anterior implica que la cuantía del beneficio obtenido por un individuo fruto de su capital humano es decreciente con el tiempo. Es más, en un determinado punto de su horizonte temporal, ese beneficio se tornará negativo, dejará de ser positivo, bien porque ha dejado de proporcionarle utilidad interior, ya no está a gusto con lo que se ha convertido, bien porque el mercado de trabajo ha dejado de valorar sus habilidades y capacidades, y prescinde de sus servicios. 

Una vez que se ha llegado a ese momento, el propietario o titular de ese activo, de esa empresa tiene que plantearse, como la cosa más natural, si debería proceder a cerrar esa actividad económica tan extraordinaria que es él mismo, desde una perspectiva economicista.

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