Diario de Teruel
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Domingo, 5 de abril de 2020
ESTO PROMETE

23/3/2020

Confinamiento Deluxe

Javier Silvestre Grau
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Me levanto por la mañana. La cafetera me prepara un humeante café mientras yo bebo a morro un zumo de naranja con pulpa incorporada. Me subo a la báscula, el móvil me maldice por haber subido unos gramos y me anima a mantenerme más activo durante el día. Cojo mi café, me siento en el sillón abatible,  me leo en Twitter por dónde se ha desplomado el planeta durante las últimas horas.

Me queda un buen rato para entrar a trabajar. Pero como mi redacción está ahora a seis metros del salón, me lo tomo con calma. Me da tiempo a ducharme, a ponerme mis cremas y a secarme el pelo antes de decidir qué me pongo para pasar el día en casa.

Un cuarto de hora más tarde de lo que debería me siento delante del ordenador. Sigo editando el reportaje que grabé semanas atrás en el fin del mundo. Reconozco que es difícil concentrarme. Los mensajes de Whatsapp, la radio catastrofista sonando de fondo y mi enfermiza obsesión por estar informado al segundo de todo cuanto acontece reducen mi rendimiento al mínimo. La mañana pasa rápido.

Es la hora de comer y aún me sorprendo al ver mi nevera tan llena de cosas comestibles. Acostumbrado a tener lo vital para sobrevivir, me agobio pensando cuánta comida se me echará a perder. Mientras se hornea un pollo en el microondas me voy al salón y pongo las noticias.

Un amigo me llama para ver cómo voy y estamos el tiempo necesario para que la comida esté lista. Cuando termino, meto todo al lavavajillas, me preparo otro café y me siento de nuevo frente al ordenador. Mi rendimiento sigue siendo bajo y la tarde pasa rápida también. Los aplausos de mis vecinos me devuelven a la realidad y decido poner fin a la jornada laboral.

 Aplaudo. Respondo a unos cuantos mensajes y me quito la ropa de vestir para ponerme la de hacer deporte. Entre los seis mil vídeos de entrenamiento casero elijo uno de un chaval sin camiseta en el que ansío convertirme cuando termine todo esto. Por supuesto, me saco una foto y me grabo para mostrarle al mundo que mi confinamiento es de lo más healthy.

 Cuando nadie me ve, paro el Youtube, cojo aire y me abro una cerveza bien fresquita. Me meto en la ducha de nuevo y acabo con un autoimpuesto momento de agua helada para activar el metabolismo.

Voy a la nevera, decido cenar una ensalada (por aquello de conseguir el six pack para cuando me dejen salir de casa) y abro la ronda de videollamadas grupales con todos mis amigos. Al rato, toca hablar con mis padres. Me gusta verles porque me quedo más tranquilo. Nos reímos, nos decimos que nos cuidemos y colgamos.

Gracias a la laca, el flequillo me aguanta estoicamente y toca hacerse el selfie del día para la posteridad. Lo subo a Instagram y paso las siguientes dos horas cambiando de cadena, leyendo Twitter y whatsappeando sin parar. A las doce me voy a la cama y antes de dormir recito este mantra: “Hey, Google. ¡Buenas noches!”. La luz se apaga y suena música relajante.

 A mi alrededor, en la zona cero, la gente sigue muriendo a centenares cada noche y los sanitarios siguen dejándose la piel para salvarlos.

Mientras tanto, yo sigo en mi confinamiento deluxe. No seré yo el que se queje por no salir de casa. En serio, ¿te vas a quejar tú?

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