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Martes, 19 de enero de 2021
El espejo de tinta

23/8/2020

Antes del ocaso

Redacción
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Fotografía de Selma Terzic Bibanovic
Fotografía de Selma Terzic Bibanovic

Por Raquel Fuertes

La noche era húmeda, casi pegajosa. Igual que ayer. La segunda noche de aquel extraño verano en la ciudad. Las vacaciones eran un recuerdo lejano aunque, bien pensado, habían terminado esa mañana. Como siempre, la vuelta a la rutina es un clic inmediato que desconecta de cualquier paréntesis anterior.

Apenas había empezado agosto así que al verano aún le quedaban días por quemar. Y el calor de esa noche en soledad solo le recordaba eso: estaba solo y hacía calor. La tarde anterior dejó a su familia continuando con las vacaciones. Lo que para él era el fin para ellos era apenas el ecuador: “Volveré el viernes, pasadlo bien”. No pudo evitar una sensación de tristeza y, al tiempo, liberación: cuatro semanas por delante, fines de semana excluidos, solo para él.

Si la primera noche fue un fiasco por el simple hecho de pensar en volver a trabajar navegando en olas de calor no iba a dejar que los demás días transcurrieran igual. Y, después de cenar, no se lo pensó. Ni siquiera intentó ponerse unas zapatillas y un pantalón corto. Con los 50 en la retaguardia no necesitaba ponerse excusas para salir a vagar por la ciudad y hacer deporte no era alternativa. 

Sin hora y sin rumbo. Por fin. Era su momento.

Tampoco encontró en la calle un alivio inmediato. El calor era una realidad y la brisa también estaba de vacaciones. Pero caminar sin rumbo era reconfortante en aquellas calles medio vacías y sin apenas tráfico.

De pronto, alguien alteró aquel estado de casi ensoñación en el que caminaba. Una mujer (algo más joven que él, pensó, aunque con las mujeres nunca se sabe) se acercó y le preguntó en inglés cómo ir a la catedral. 

Su pensamiento fue instantáneo a la línea del currículum “Inglés: nivel medio”. No intentó dar instrucciones, “right” arriba, “left” abajo, para un recorrido de casi veinte minutos sino que recordó el nombre de aquel curso inglés viejuno y le dijo: “Follow me!”.

Definitivamente, debía tener un aspecto confiable porque ella empezó a caminar junto a él. Los primeros minutos no hablaron, pero al final pudo la incomodidad del silencio entre desconocidos y él sacó todas las frases convencionales totalmente oxidadas que recordaba, aunque estaba seguro de que sonaban como un chirrido en los oídos de ella.

Ella sonreía mientras él le contaba en qué trabajaba y que había terminado sus vacaciones, que estaba solo en la ciudad y que había salido a caminar porque hacía mucho “hot at home”. Sintió que habían llegado demasiado pronto. Pero a ella no parecía molestarle su compañía así que continuaron paseando juntos. Solo él rompía el silencio con el relato inconexo que a ella le hacía, invariablemente, sonreír. No tenía muy claro que ella entendiera nada, pero tenía una sonrisa maravillosa, de esas que te reconcilian con la vida. Tanto que perdió la vergüenza de su chapurreo ininteligible en el que mezclaba palabras en español con un inglés francamente lamentable.

Aún quedaban campanarios en el centro y un reloj dio las doce. “Sorry, I must come back, que mañana hay que trabajar”. Sin saber muy bien cómo, quedaron a las diez del día siguiente.

Fue a trabajar como el que viaja ligero de equipaje. Pasó el día escuchando las proezas amatorias y etílicas de los más jóvenes (este año le había tocado a él en agosto como representante de la vieja guardia, ¡pero si anteayer era uno de ellos!) y no sintió ninguna envidia. Ni siquiera nostalgia puesto que él siempre había sido un tipo tranquilo, “un buen chico” de los que toda suegra quiere como yerno. Pero se sentía raro. Aquel paseo le había devuelto la energía y el recuerdo de la sonrisa había conseguido apagar la ira en varios fuegos de los que cada día prendían en su endiablada oficina.

A la hora de la cena llamó, como cada noche, su mujer. Los niños ya no eran niños, volaban solos y no se quedaban para pedirle que les trajera el viernes un juguete olvidado e imprescindible para seguir viviendo. Eso quedaba muy lejos. Pero ella seguía llamando. Hablaron de reconfortantes banalidades y él mencionó que saldría a caminar un rato después de las horas de oficina y aire acondicionado. “Fenomenal, cariño. Un beso. Hasta mañana”.

A las diez en punto empezaron a caminar. Ella habló un poco más y él, con gran esfuerzo, logró entender que estaba allí por un curso y que su idea era quedarse en la ciudad cuatro semanas. No hablaron de nada en particular, pero charlaron durante un par de horas que se fueron volando.

Hasta que llegó el jueves y él le explicó que se marchaba a pasar el fin de semana con su familia. Ella le dijo que no se preocupara, que encontraría cosas para hacer durante esos dos días. Y que se verían el domingo por la noche.

A su pesar, o no, él pasó todo el fin de semana esperando que llegara la hora de irse. Aquella prolongación de las vacaciones en la que se convertían los fines de semana de agosto no tenían ese no sé qué de esas conversaciones inesperadas con la mujer de la que seguía sabiendo bien poco, pero, esa era su excusa, con la que estaba recuperando su inglés. 

Excusa para él porque a nadie le había contado de su existencia. Por primera vez en años, tenía algo solo suyo. Un inocente secreto.

Las semanas transcurrían con tanta rapidez que le hubiera gustado poder agarrar los días, más bien las noches, y ponerlas en cámara lenta. No quería preguntarse qué era eso, pero tampoco le importaba: le hacía feliz y se sentía vivo.

Curiosamente, no tenían ni sus teléfonos, ni sabían sus apellidos. Eran ella y él, a las 10, en la fuente de la plaza. Ni un roce. Ni un contacto físico. Muy liberador para cualquier sentimiento de culpa: allí no pasaba nada, “practico inglés”.

La cuarta semana fue agridulce. Había confianza para el silencio y la tristeza por la inminente despedida se arrastraba entre los dos. Ninguno la mencionaba. A fin de cuentas, él no había conseguido mejorar tanto su vocabulario y nunca hubo nada que permitiera hablar de “nosotros”.

El miércoles él le dijo que el último día podían hacer algo distinto. Tras casi un mes caminando en la noche, ¿por qué no comer y dar una vuelta? 

Cogió la tarde libre y, tras una frugal comida de casi tres horas llenas de vino y conversación, se acercaron a las montañas que rodeaban la ciudad. Subieron al mirador que él tenía olvidado. 

El final de agosto es implacable y la noche gana terreno cada día. Tanto que, sin darse cuenta, estaban viviendo su último y único atardecer. En silencio, justo antes del ocaso, dejó de mirar al horizonte para perderse en sus ojos. Y la besó. 

Por única y última vez.

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