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Martes, 29 de septiembre de 2020
El espejo de tinta

2/9/2020

Solos

Redacción
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CLARA GÓMEZ GALEOTE (CLARA GG). Nacida en Teruel, estudió diseño gráfico y realización audiovisual en Valencia y hace ya dos años volvió a Teruel, su hogar
CLARA GÓMEZ GALEOTE (CLARA GG). Nacida en Teruel, estudió diseño gráfico y realización audiovisual en Valencia y hace ya dos años volvió a Teruel, su hogar

Por Noemí López Latorre

Ya hacía tiempo que Federico tenía como única compañía a Benito y al Pecotoso. Los tres gozaban de esa libertad que da la confianza de convivir muchos años, pero compartían tiempo juntos cada día. Benito se encaramaba a la tapia buscando el sol, disfrutando de su rato a solas. Otras veces se enredaba en los pies de Federico pidiendo comida o mimos. “Algún día me caeré, gato tonto, y verás qué risa como te caiga encima con este barrigón que tengo, que bien sabes lo que abulta.” A veces, desaparecía durante horas. “Se ha ido de juerga este gandul, ya volverá cuando tenga hambre.” 

Al Pecotoso se lo dio un cazador que pasó por el pueblo “hará ocho o diez años. Yo que sé cuántos. Ya eres viejo como yo, amigo.” No valía para cazar, le dijo, y lo iba a abandonar a su suerte allí. Tenía tantas manchas como ganas de jugar, parecía que estuviera lleno de pecas de arriba abajo. “Aquella vez que  apareció por aquí el inglés en bicicleta, ¿te acuerdas? Yo creo que es el único que he visto que te gane a pecas, abuelete. Aún no sé qué se le había perdido por estos montes. Llegó mojado de arriba abajo, buscando no sé qué. Madre mía cuando vi esa cara rosa llena de motas pardas debajo de los ojos, por la frente, y  el pelo naranja. Ay si le toca un día de campo al sol, se hubiera pelao a tiretas” 

Quería ver la ermita vieja y estuvo haciendo fotos del pueblo. “Mira tú que gracia hacerle fotos a las casas viejas, al pueblo vacío. Piedras sobre piedras, matas donde no toca, hierbajos en las grietas, agujeros en las calles. También me hizo una foto en la puerta, sentado en el banco de piedra, así tan feo como soy…”  Para entonces ya había salido el sol pero se estaba haciendo de noche, “así que le dije que se quedara aquí a dormir, que mira tú, por sitio será. Se levantó al salir el sol, desayunamos y así hablando sin entendernos, como todo el rato desde que llegó soplando cuesta arriba calao hasta los huesos, me dijo que se marchaba y que gracias.”

Una mañana oyó ruido un par de casas más abajo. “Donde vivía Aquel Otro”. Pasaron tiempo sin hablarse por una riña en el huerto pero cuando se murió lo sintió de verdad. Al fin y al cabo, fueron los dos últimos entre aquel montón de edificios huecos y recuerdos en cada esquina.  Lo veía pasar con la bici, dar vuelta de los animales, y aunque ni se saludaran eran parte de la rutina del otro. El ruido ajeno le hacía sentir menos solo, aunque no hubiera conversación.  

Poco después llegó un camión cargado de ovejas y las descargó “allá donde las tenía Ese, que resulta que al morir el padre su hijo El Finolis, que prefería vivir en un pueblo más grande, vendió la mitad de ovejas y las otras se las bajó para allí.”

Aunque hecho ya a no hablar con nadie aparte de Benito y el Pecotoso, la curiosidad pudo a la pereza y Federico se dirigió al corral a la salida del pueblo donde dos hombres estaban descargando las ovejas. 

-¡Federico, cuántos años…! - (El Finolis) - ¿Pero aún sigues por aquí?

- ¡Y dónde me voy a ir si no! ¿Qué marcha llevas?

- Han cambiado el alcalde allí abajo y tiene ganas de tocar las narices. Que dice que no se pueden tener las ovejas tan cerca del núcleo urbano. ¿Y los que no tenemos dónde meterlas qué hacemos? –”eso te pasa por Finolis. Sitio de sobras hay aquí. A ver si le va a apetecer a éste venirse aquí arriba, con lo ancho que estoy yo solo…” – He cogido un chico, vivirá en casa de mi padre y se hará cargo del ganado. Así tendrás compañía por aquí, Federico, que ya eres mayor para estar tan solo. No me preguntes como se llama porque tiene un nombre muy raro, no me sale. – “Ya me extrañaba a mí. El Finolis es mucho Finolis para cuidar los animales él mismo.” 

Federico estuvo atento todo el día a la casa de Aquel, mirando furtivamente, esperando a que saliera “el chico” del Finolis para tropezarse con él por casualidad. Que no es que necesitara compañía, pero un poco de ilusión le hacía. “Pecotoso, han traído ovejas, bien tendrán un par de perros para vigilarlas. Igual de ésta te echas novia en este pueblo, a la vejez.” 

Ya casi era mitad de tarde cuando oyó la puerta y la llave. “Otro de capital, anda que cerrar con llave… Y que se le lleven la cafetera.” Se puso en pie, se sacudió los pelos de Benito, que había echado una buena siesta acurrucado encima de su dueño y mandó al Pecotoso a la calle. Después, disimulando, gritó: 

Dónde vas, Pecotoso? ¡¡Eeentra, eeentraa!! 

El chico se sorprendió al verlo, no se esperaba encontrar a nadie en aquel montón de casas y  calles vacías y silenciosas. Pero para sorpresa la de Federico. “Rediós, pero dónde habrá encontrao el Finolis este tío tan largo y tan oscuro”. El nuevo desplegó  una ristra de dientes blancos que parecían aún más blancos en contraste con su tez. Vestía ropa limpia, calzaba sandalias un par de números más grandes y miraba con ojos alegres. Desplegó su mano a la vez que extendía el brazo y dijo, tocándose el pecho con la otra mano: 

¡Ousmane!

Y siguió hablando “en yo qué sé qué lengua que no hay Dios que la entienda.” Federico imitó el gesto del extraño y se presentó. Señaló al Pecotoso y a Benito que para entonces ya se había unido a la comitiva de bienvenida y dijo sus nombres. 

-Y esto es lo que hay por aquí, maño. ¿Pero y de dónde has salido tú? ¡Que del pueblo no pareces! ¿No hablas como yo?

Ousmane negó con la cabeza sin entender realmente lo que le estaban diciendo, con esos dientes blancos por bandera como muestra de sus ganas de entenderse. Federico siguió preguntando y contando, sin saber realmente si le estaban entendiendo. Con gestos, rascándose la cabeza por debajo de la gorra, soltando risotadas cuando la conversación llegaba a un punto muerto de entendimiento. El uno repetía torpemente lo que le decía el otro. El otro, daba palmadas y reía cuando el uno repetía. 

Así, Federico lo acompañó hasta las ovejas enseñándole las calles solitarias, con un “aquí vivía…”, y un “aquí hacían…”, “la escuela vieja, cincuenta y ocho chiquillos cuando yo era pequeño…  la tienda, que tenía…”  Ousmane, asentía, repetía, decía “Grrrrassias” y no paraba de sonreír. 

A la vuelta, cenaron juntos. 

Siempre he sido soltero. Mi hermana, Carmen, no he conocido mujer más templada. Murió joven, qué pena tan grande, mira qué guapa en esta foto. ¿Tienes hermanos? 

Sin entenderse,  pero comprendiendo cada uno la situación del otro, disfrutaron de la cena. Y aquel pueblo abandonado ya lo era un poco menos. Y Federico era menos uraño. Y Ousmane cada vez menos extraño.

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