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EFE/ Juan Ignacio Roncoroni

La partida de Diego

Toni Fernández

No está siendo este 2020 un buen año, por razones evidentes, pero es que además  el mundo del deporte nos está dejando algo más huérfanos de deportistas. Esta vez le ha tocado el turno a un grande, sino el que más, dentro del deporte rey. Cuando en la grada no había móviles para grabar ni hacer fotos, sino que se vivía y respiraba mucho más el ambiente, cuando no había cámaras ni VAR que juzgaran las patadas que se llevaba, ahí estaba él, llevando a lo más alto a una selección y un país, donde con razón, se ha ganado todo lo que fue. Un aficionado argentino dijo tras su fallecimiento que “cuando pasábamos hambre, Diego nos llenaba el estómago de alegría”, quizás demasiado exagerado para algunos, pero algo habitual allá en la Argentina de los años 80 y 90, y que aún en nuestros tiempos perdura.  

Seguramente su edad no era la adecuada  para marchar, pero los excesos en su vida privada no perdonan, y como dicen los sacerdotes en los funerales, nos recuerdan los frágil y débil que es la vida del hombre, independientemente de quien seas o hayas sido. 

Y es que lamentablemente tenemos que hablar de dos Diegos, el deportista y la persona, lo más grande y lo más bajo, el cielo y el infierno. Los recuerdos más cercanos son esas imágenes donde se le ve en malas condiciones, ayudado a dejar la grada de un estadio, o disparando a los periodistas que están a las puertas de su casa. Pero los mejores recuerdos son los que dejó en el verde, como esas jugadas maravillosas en el césped seco del Estadio Azteca ante más de 100.000 personas, o en los campos italianos o españoles, donde pudimos disfrutar de él durante varios años, incluso de sus calentamientos. 

Por desgracia ya ha pasado a la categoría de mito, con sus luces y sus sombras, pervivirá en la memoria del deporte, como uno de los grandes,  otro de los que se fue en este fatídico 2020. Nadie es más que nadie, pero desde luego la partida de Diego ha dejado un poco más vacio el fútbol.