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Cruz Aguilar

Melancolía. Esa es la palabra que define cómo me siento cada inicio de septiembre. Aún hace calor, pero sabemos que es un espejismo, que el sol nos abandona cada día un poco antes y será así hasta que, en diciembre, apenas nos acompañe unas horas y lo haga de forma tímida, como un invitado que no tiene que estar ahí y lo sabe.

No es que sea una gran defensora de las altas temperaturas, pero entre ponerme cualquier camiseta para salir a la calle o amontonar varias prendas por si hace mucho frío, poco o entro a un lugar y tengo que quitarme, la elección está clara. No es cuestión de preferencias, sino de ser práctica.

El día cunde más porque en las calles hay más bullicio,  hay más planes, más fiesta y menos corsés horarios que te obligan a superar el día con un diapasón de fondo.

Y luego está el frío y la oscuridad, que en Teruel nos cierran las puertas de la calle a las 8 de la tarde. En esos momentos solo te queda resguardarte a retiro y ganar unas horas hasta el momento de meterte caliente en la cama, soñando con esas moras que negrean sobre las zarzas, marcando el final de otro verano que tardará tanto en llegar.

Este inicio de septiembre hace calor, como lo ha hecho prácticamente todo el verano, con alguna tregua de horas. Sin embargo, las suaves ráfagas de viento se abren paso entre una canícula que se alarga más de lo que es habitual y anuncian que ya es septiembre y que, en nada, tendremos que volver a lidiar con el bullicio de los patios escolares y las puntadas que dan las extraescolares en esos lienzos por llenar de colores que son nuestros hijos.

Ojo, que el otoño también tiene cosas buenas, como los tonos de nuestros montes o los proyectos que ahora ya nos deja hacer el covid. Pero son planes como resumidos, siempre marcados por el anochecer y mirando el mercurio, porque en lugares como Teruel la diferencia puede ser de decenas de grados. Esa caída del sol que en verano supone una puerta abierta a miles de planes y sonidos es ahora el cierre del telón de la nostalgia.