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Cruz Aguilar

Vivimos en una sociedad en la que cada vez analizamos más lo que nos llevamos a la boca. Lo hacemos porque nos preocupa mucho el cuidado de nuestro organismo, pero también por una inquietud hacia el medio ambiente –aunque prácticamente todo lo que compremos esté plastificado– y el bienestar animal. Miramos los números de los huevos para comprobar que las gallinas están criadas en el suelo, intentamos que la carne provenga de animales cuidados con todas las garantías de bienestar y ponemos el grito en el cielo con los reportajes sobre granjas de porcino de Jordi Évole. Sin embargo, hasta ahora hemos mirado hacia otro lado cuando se alertaba de las condiciones en las que viven los temporeros -seres humanos, como nosotros– que recogen nuestra fruta. 
El problema no es nuevo. Hace años que deberían haber saltado las alarmas, pero lo han hecho ahora porque se trata de una cuestión de salud pública que nos puede afectar a todos. Las condiciones en las que viven no son ni mucho menos las adecuadas. Comparten viviendas de muy pocos metros en las que, si hay ducha, es la misma para todos. Los responsables institucionales dicen que corresponde al que los contrata, los que los contratan que ellos pagan por un trabajo y no es su responsabilidad buscarles viviendas, pero la realidad es que la situación en la que están muchos temporeros es infinitamente peor que la de los animales de granja. 
En algunos municipios dedicados al cultivo de la fruta hay habilitadas zonas que, sin ser lujosas, al menos permiten mantener unas mínimas condiciones sanitarias, que son ahora tan necesarias para evitar los contagios. A la situación en la que están estos trabajadores del campo se suma que cobran por jornada trabajada o por kilos recogidos y eso hace que muchos acudan al campo se encuentren como se encuentren, lo que todavía frena menos la difusión del virus. 
El coronavirus posiblemente pasará, pero ha servido para poner de manifiesto otros problemas que existían en la sociedad anterior a la pandemia y puede ayudar –confío– a remover conciencias para solucionarlos. Es que con todo lo que está pasando da la sensación que las gallinas merecen más preocupación que los seres humanos.