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Cruz Aguilar

A veces los aparatos electrónicos necesitan ser reseteados y eso es lo que nos ha pasado a los humanos este 2020, que el virus nos ha metido un meneo que ha removido nuestros cimientos. Nos ha demostrado a todos los que creíamos que vivíamos en una sociedad donde todo estaba controlado que realmente todo pende de un hilo, transparente pero que en cualquier momento se puede romper. 
Nos ha enseñado a que también en Teruel podemos quedarnos encerrados en casa, sin salir. Que las limitaciones de la libertad no son algo que solo ocurre en zonas de guerra, como Siria, que vemos tan alejada de nuestra cómoda realidad. Ya sé que es inadecuado comparar esta situación con la de aquellos a los que caen bombas sobre su cabeza, pero me refiero a que las tragedias pueden ocurrir de forma repentina y sin que los ciudadanos de a pie podamos hacer nada por evitarlo o solucionarlo. Que nadie está libre de algo así.
Ahora estamos en Navidad y los que siempre se quejaban de tener que aguantar al cuñado, este año se quejan de no poder brindar con él. En esto también nos ha cambiado el bicho, y es que no podemos estar con quien queremos cuando nos apetece. Todos hemos renunciado a lo largo de este año a compartir momentos que nos hubiera apetecido meter en la caja de los buenos recuerdos, en esa que guardamos los pequeños hilos de seda que tejen la felicidad. 
Ha sido un año raro, quizás el más raro por todo lo nuevo que hemos tenido que asumir. Llevamos mucho tiempo sin preocuparnos por nada más que por nosotros mismos y teniendo todas las comodidades a nuestro alcance. Ahora hemos comprobado que no todo depende de los deseos que tengamos, que el  ocio no siempre se ajusta a lo que queremos y que la cómoda realidad en la que vivimos se puede desmoronar por un virus invisible. Ojalá todo este 2020, para muchos perdido y para otros digno de olvidar, nos sirva para algo y aprendamos a valorar los momentos y no las cosas.
A 2021 solo le pido normalidad, poder quedar a echar unas cañas con los de siempre y recuperar las cenas con amigos y familiares. El Covid-19 nos ha enseñado, también, a valorar la (vieja) rutina.