

EFE
Resulta que, según los cálculos de la UE (aquí siempre vamos tarde en esas cosas de los números), este verano se ha quemado casi el 0’8 por ciento del total de la superficie de España. Básicamente, tierras rurales, en esa mal llamada España despoblada; y no solo rurales, claro, que quien suscribe es uno de los directamente afectados en su domicilio por el incendio en Tres Cantos (Madrid). Quizá por ello, por ser uno de los, se calcula (tampoco nos dan datos exactos, vaya por Dios), treinta y tantos mil perjudicados directos por las llamas, me siento con mayor derecho a la indignación que si fuese un mero periodista o un simple ciudadano: el ejemplo que han dado nuestros políticos ante la mayor catástrofe medioambiental en muchas décadas ha sido lamentable. Eso, por decir lo menos, que se me ocurren otros calificativos más graves que, por mera estética, me abstendré de escribir.
Tampoco nos dicen todavía a cuánto pueden ascender las pérdidas económicas, pero calcule usted algunos miles de millones: cerca de medio millón de hectáreas se habrá quemado cuando el último fuego se haya extinguido, ojalá dentro de no muchos días angustiosos más. Sí sé que el Consejo de Ministros ha hablado de medidas de ayuda futuras, que parecen demasiado lejanas e inconcretas (recordemos Lorca, La Palma o Valencia) a quienes lo han perdido todo o han perdido mucho: casa, enseres, tierras, ganado. Me dice un amigo periodista, el zamorano Sergio Martín, que él no conoce a casi nadie en su tierra natal que no se haya visto dañado de alguna manera por los fuegos. Que, por otra parte, indirectamente nos afectan a todos: perdemos riqueza y sobre todo perdemos vidas, afortunadamente no muchas, milagrosamente, en este lance del triste agosto 2025.
Me pregunto si el 0’8 por ciento doliente del país bastará a nuestros representantes para replantearse muchas cosas, muchos debates estériles, un politiqueo insufrible. O si, por el contrario, piensan que, al fin y al cabo, el 0’8 por ciento de esa otra España calcinada y, para colmo, semivacía, no representa, al fin, demasiados votos: con ellos, o sea, con nosotros, ni se ganan ni se pierden unas elecciones, así que para qué actuar de modo diferente a la demencial manera, a garrotazos, como se está actuando. “Bah, total no se ha quemado ni el uno por ciento”, puede que piense alguno de esos miserables del politiqueo, de esos que creen que lo rentable es el oro para el amigo, el plomo para el enemigo y al indiferente, la legislación vigente. Pues eso: ¿qué es el uno por ciento cuando queda tanto por quemar?
Tampoco nos dicen todavía a cuánto pueden ascender las pérdidas económicas, pero calcule usted algunos miles de millones: cerca de medio millón de hectáreas se habrá quemado cuando el último fuego se haya extinguido, ojalá dentro de no muchos días angustiosos más. Sí sé que el Consejo de Ministros ha hablado de medidas de ayuda futuras, que parecen demasiado lejanas e inconcretas (recordemos Lorca, La Palma o Valencia) a quienes lo han perdido todo o han perdido mucho: casa, enseres, tierras, ganado. Me dice un amigo periodista, el zamorano Sergio Martín, que él no conoce a casi nadie en su tierra natal que no se haya visto dañado de alguna manera por los fuegos. Que, por otra parte, indirectamente nos afectan a todos: perdemos riqueza y sobre todo perdemos vidas, afortunadamente no muchas, milagrosamente, en este lance del triste agosto 2025.
Me pregunto si el 0’8 por ciento doliente del país bastará a nuestros representantes para replantearse muchas cosas, muchos debates estériles, un politiqueo insufrible. O si, por el contrario, piensan que, al fin y al cabo, el 0’8 por ciento de esa otra España calcinada y, para colmo, semivacía, no representa, al fin, demasiados votos: con ellos, o sea, con nosotros, ni se ganan ni se pierden unas elecciones, así que para qué actuar de modo diferente a la demencial manera, a garrotazos, como se está actuando. “Bah, total no se ha quemado ni el uno por ciento”, puede que piense alguno de esos miserables del politiqueo, de esos que creen que lo rentable es el oro para el amigo, el plomo para el enemigo y al indiferente, la legislación vigente. Pues eso: ¿qué es el uno por ciento cuando queda tanto por quemar?