Los periodistas que creemos en las virtudes del entendimiento más que en las del duelo a garrotazos (no somos todos) estamos esperanzados, quizá absurdamente, en la “cumbre” que celebrarán el lunes Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo en La Moncloa. Llevan casi un año sin encontrarse ni siquiera institucionalmente y, cuando se cruzan en el Congreso, ni se saludan. Pero están condenados ahora a hablarse e incluso a entenderse. Al menos, en política exterior, que es la materia para la cual el presidente ha tenido a bien convocar, rara avis, al líder de la oposición, con quien mantiene una cordial relación de aborrecimiento mutuo.
Todo el mundo sabe que la política exterior de un país exige consensos. Más aún si se trata de algo en lo que PP y PSOE están mucho más de acuerdo que, por ejemplo, el propio PSOE con su coaligado Sumar, y no digamos ya con su antiguo socio Podemos. Enviar tropas de pacificación a Ucrania es algo casi obligado para un país, España, que ha hecho bandera de su apoyo al país martirizado por el neo zar. Pero hay muchas otras cuestiones “diplomáticas”, desde las relaciones con Estados Unidos del preocupante Trump a la política a seguir en la Unión Europea, pasando por la posición ante la “nueva” (¿nueva?) Venezuela, en las que debería ser obligatorio un cierto consenso entre el Ejecutivo y la oposición. Perdón, quiero decir entre el Ejecutivo y el PP, que Vox, que, en el fondo, es la “bestia negra” común, ha sido excluido de la ronda de contactos presidenciales.
Pienso que Sánchez debería abrir más las puertas monclovitas a los visitantes, no solo a la oposición (Vox incluida) y a quienes le apoyan en la “coalición Frankenstein”, que muchas veces se encuentran con el presidente con menos luz y muchos menos taquígrafos, ¿verdad Oriol Junqueras? La vivienda, la política impositiva que es casi confiscatoria, los pilares del Estado de Bienestar, incluso la ordenación de la financiación autonómica, que este domingo estudiarán los “barones” del PP en Zaragoza, son cuestiones que reclaman acuerdos más allá del juego democrático Gobierno-oposición. Y de comenzar conversaciones de cara a un período constituyente, estudiando necesarias reformas en la Constitución, ya ni hablamos, claro.
En fin, que, más allá de las peleas en el Consejo de Política Fiscal y Financiera, más allá de la campaña electoral de la señora Alegría versus el presidente Azcón, Sánchez y Feijóo nos deben un mínimo consenso en los grandes temas, como ocurrió en la Transición. Y también en algunas cuestiones más pequeñas, que este país necesita una buena mano de pintura. Como gritan los invitados a los novios cuando llegan las copas en las celebraciones de boda, “que se besen”. O que se hablen, al menos. ¿Habrán entendido estos dos el mensaje?
