Síguenos
Sofía González Millán

Recuerdo la alegría que sentía cuando, en mi juventud, encontraba cartas dirigidas a mí en el buzón. Enseguida se asomaba una sonrisa a mi rostro, la ilusión por lo que contenía hacía que me sintiera feliz solo con ver el sobre.

Pero lo que más me emocionaba, aparte de leerla, era pensar que aquella persona hubiera dedicado ese tiempo de su vida a escribirme, hubiera comprado todo lo necesario para enviarla y hubiera buscado un buzón para echarla, todo un proceso que para mí era de gran valor. Un gesto de amistad y amor que yo correspondía con la misma emoción.

Hace unos días tuve que escribir una carta, hacía tanto que no escribía una que no sabía ni por dónde empezar. Entonces me di cuenta de que todo un género se encontraba como los animales raros, en total peligro de extinción.

El género epistolar nos ha dejado grandes historias, cuyos famosos autores, hablaban de amores imposibles, palabras vertidas desde una sola dirección, situaciones históricas dolorosas o llenas de alegría y éxito, siempre contadas desde la intimidad que aporta el papel y la pluma y la conversación producida entre dos almas. Esa intimidad, esa profundidad, solamente se consigue a través de estos textos.

Es uno de los géneros que más ahonda en las emociones, pues escribir una carta significa tener un límite, que lo pone el papel, y significa concretar lo importante para hacer llegar la máxima información al otro.

Desgraciadamente, el romanticismo de las cartas se ha perdido entre tantos bits, así como la palabra escrita de puño y letra, ¿hace cuánto que no escribes algo que no sea la lista de la compra?

En mis clases de adultos realizamos al menos una vez al mes un dictado, repasamos así la ortografía, y activamos las zonas del cerebro que se encargan de realizar esta tarea. Se ha perdido el hábito de escribir a mano, en la actualidad los dedos se pasean por las teclas y las pantallas táctiles, realizando saltos para enviar mensajes desordenados, con palabras a las que les faltan la mitad de las letras y cuya información es, en la mayoría de las veces, superficial.

Escribir a mano tiene múltiples beneficios: favorece la asociación de ideas y el razonamiento lógico, activa la memoria, fomenta la creatividad, mejora la capacidad de concentración y puede ayudar a relajarnos, evitando la ansiedad y el estrés.

Volviendo al tema de las cartas, hay un beneficio todavía mayor y es el de la conexión con las emociones. Al escribir a una persona en particular conectamos con los sentimientos que tenemos hacia ella, y esto hace que la escritura tenga un componente emocional que muchas veces es sanador.

Por eso, en terapia, he recomendado en multitud de ocasiones escribir en forma de carta, sobre todo si la persona a la que va dirigida ha fallecido. Palabras no dichas, sentimientos que no pueden salir, afloran de esta manera con mayor facilidad, dejando a la persona con una sensación de desahogo y descarga, como si al pasar las emociones al papel trasladaran su peso al mismo.

Ahora está muy de moda escribir cartas a tu yo futuro o a tu yo del pasado, dando palabras de ánimo, o información relevante para solucionar algún problema. Este ejercicio me parece muy interesante para fomentar la autoestima y la creatividad. Si a esto le añadimos el realizarlo a mano, obtendremos muchos más beneficios.

Hace muchos años que no recibo una carta, en mi buzón hay correspondencia anodina, sin corazón, personalmente echo de menos esa emoción de encontrar una carta con mi nombre escrito a mano. Por eso os propongo el siguiente ejercicio, escoged a una persona, la que vosotras queráis, coged papel y escribidle una carta, puede ser corta o extensa, simplemente abre tu corazón y deja que las palabras lleguen.

Cuando la termines compra el sobre y el sello y échala al buzón, la sensación va a ser indescriptible, solo pensar la cara que va a poner la persona que la reciba ya merece la pena la experiencia. Llenemos los buzones con un poco más de humanidad y amor, porque en las pequeñas cosas hay grandes gestos ¿te atreves?

R ecuerdo la alegría que sentía cuando, en mi juventud, encontraba cartas dirigidas a mí en el buzón. Enseguida se asomaba una sonrisa a mi rostro, la ilusión por lo que contenía hacía que me sintiera feliz solo con ver el sobre.

Pero lo que más me emocionaba, aparte de leerla, era pensar que aquella persona hubiera dedicado ese tiempo de su vida a escribirme, hubiera comprado todo lo necesario para enviarla y hubiera buscado un buzón para echarla, todo un proceso que para mí era de gran valor. Un gesto de amistad y amor que yo correspondía con la misma emoción.

Hace unos días tuve que escribir una carta, hacía tanto que no escribía una que no sabía ni por dónde empezar. Entonces me di cuenta de que todo un género se encontraba como los animales raros, en total peligro de extinción.

El género epistolar nos ha dejado grandes historias, cuyos famosos autores, hablaban de amores imposibles, palabras vertidas desde una sola dirección, situaciones históricas dolorosas o llenas de alegría y éxito, siempre contadas desde la intimidad que aporta el papel y la pluma y la conversación producida entre dos almas. Esa intimidad, esa profundidad, solamente se consigue a través de estos textos.

Es uno de los géneros que más ahonda en las emociones, pues escribir una carta significa tener un límite, que lo pone el papel, y significa concretar lo importante para hacer llegar la máxima información al otro.

Desgraciadamente, el romanticismo de las cartas se ha perdido entre tantos bits, así como la palabra escrita de puño y letra, ¿hace cuánto que no escribes algo que no sea la lista de la compra?

En mis clases de adultos realizamos al menos una vez al mes un dictado, repasamos así la ortografía, y activamos las zonas del cerebro que se encargan de realizar esta tarea. Se ha perdido el hábito de escribir a mano, en la actualidad los dedos se pasean por las teclas y las pantallas táctiles, realizando saltos para enviar mensajes desordenados, con palabras a las que les faltan la mitad de las letras y cuya información es, en la mayoría de las veces, superficial.

Escribir a mano tiene múltiples beneficios: favorece la asociación de ideas y el razonamiento lógico, activa la memoria, fomenta la creatividad, mejora la capacidad de concentración y puede ayudar a relajarnos, evitando la ansiedad y el estrés.

Volviendo al tema de las cartas, hay un beneficio todavía mayor y es el de la conexión con las emociones. Al escribir a una persona en particular conectamos con los sentimientos que tenemos hacia ella, y esto hace que la escritura tenga un componente emocional que muchas veces es sanador.

Por eso, en terapia, he recomendado en multitud de ocasiones escribir en forma de carta, sobre todo si la persona a la que va dirigida ha fallecido. Palabras no dichas, sentimientos que no pueden salir, afloran de esta manera con mayor facilidad, dejando a la persona con una sensación de desahogo y descarga, como si al pasar las emociones al papel trasladaran su peso al mismo.

Ahora está muy de moda escribir cartas a tu yo futuro o a tu yo del pasado, dando palabras de ánimo, o información relevante para solucionar algún problema. Este ejercicio me parece muy interesante para fomentar la autoestima y la creatividad. Si a esto le añadimos el realizarlo a mano, obtendremos muchos más beneficios.

Hace muchos años que no recibo una carta, en mi buzón hay correspondencia anodina, sin corazón, personalmente echo de menos esa emoción de encontrar una carta con mi nombre escrito a mano. Por eso os propongo el siguiente ejercicio, escoged a una persona, la que vosotras queráis, coged papel y escribidle una carta, puede ser corta o extensa, simplemente abre tu corazón y deja que las palabras lleguen.

Cuando la termines compra el sobre y el sello y échala al buzón, la sensación va a ser indescriptible, solo pensar la cara que va a poner la persona que la reciba ya merece la pena la experiencia. Llenemos los buzones con un poco más de humanidad y amor, porque en las pequeñas cosas hay grandes gestos ¿te atreves?