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La buena onda: la bonhomía y la prudencia cotizan a la baja

Francisco Herrero

Lunes, 1 de febrero. Onda media

La radio en onda media vuelve a Ucrania. Hace unos años, para ahorrar costes y siguiendo la estela de muchos otros países europeos entre los cuales no está España, la república exsoviética apagó todos los transmisores. Hoy enciende un poste lo suficientemente potente como para cubrir más de la mitad del territorio durante el día y la totalidad en horario nocturno. El objetivo es que el mensaje de Kiev llegue a Crimea, zona administrada por Rusia, y a las autoproclamadas repúblicas del sudeste, que coquetean con unirse a la Madre Patria.

La era de internet iba a cambiar la manera de informarnos. Y así ha sido. Pero para emitir propaganda hacia el otro bando en zonas de conflicto, me temo que lo más efectivo será siempre el medio más simple y que requiera el menor conocimiento tecnológico. Si algún día no tuvieras ese aparatito que te ocupa la mano a todas horas, ¿como te instruirías? Parece ciencia ficción, pero tras todo lo que has vivido en el último año deberías comenzar a plantearte cualquier escenario.

Martes, 2 de febrero. Realidad aumentada

“¡Le habéis puesto una marmota gigante a Martín! Vamos a seguir…”, comentaba Mònica López esta mañana en La1 entre risa contagiosa y lágrimas de felicidad mientras Martín Barreiro daba el pronóstico diario del tiempo y hasta el del resto del invierno. Martín, protagonista involuntario del nuevo fiasco infográfico, no sabía ni por dónde salir.

Es la realidad aumentada de la televisión, el novedoso sistema para hacer más atractiva la información. Aquí se les ha ido la mano y lo que han aumentado es el tamaño de la marmota. Según tengo entendido, el futuro plató de los informativos de Televisión Española está preparado para este tipo de efectos. Espero con fruición ver el año que viene a Ana Blanco paseando entre avifauna de dimensiones discordantes con motivo del Día Mundial de los Humedales, que se celebra hoy.

Miércoles, 3 de febrero. Me asombro

Leo. Me asombro. Me da miedo. Existen personas sin problemas para reconocer que salen a la calle y se imaginan a asesinos con el coronavirus en la boca, que temen ser uno de los asesinos y que desearían ser un robot porque no soportan al ser humano. Existen personas que reclaman salir a la calle como si todo el mundo estuviera contagiado por el coronavirus. Existen personas que requieren la presencia policial para resolver conflictos relacionados con la enfermedad que bien podrían arreglarse dialogando de forma sosegada. Existen médicos que difunden que cualquier síntoma de catarro, alergia o constipado es covid hasta que se demuestre lo contrario.

Intuyo ya algunas trazas de la nueva normalidad real, no la que aparentamos ahora, que más o menos ha sido, siempre que se ha abierto la mano, la vieja normalidad con mascarilla omnipresente. Veo intolerancia. Veo fobias. Veo alienación. Y muchas voces empoderadas, sin temor, cuyo peso es más que cuestionable. La bonhomía y la prudencia cotizan a la baja.

Jueves, 4 de febrero. El hilo

Parece ser que nadie quiere ir al Hospital de Emergencias Isabel Zendal de Madrid. La gerente del Hospital Príncipe de Asturias de Alcalá de Henares, Dolores Rubio, tiene la solución para trasladar a pacientes: “¿Por qué tienen que tener un móvil? ¿Por qué tienen que llamar a la familia? Se les comunicará cuando ya estén saliendo del hospital. En una embajada no te dejan pasar con teléfono”. La conclusión es que hay que cortar el hilo con el exterior para manejar al personal.

¿Ahora me entiendes cuando el lunes te decía aquello de que deberías tantear escenarios imprevistos? Fíjate de qué forma más sencilla estás vendido. No hace falta vivir en un régimen totalitario. Siempre hay alguien en disposición de restringir más derechos de los debidos.

Viernes, 5 de febrero. En cadena

Lo de confinar o desconfinar localidades no funciona “como cuando en la radio de mi infancia pedías una canción y te la daban”, afirma Javier Lambán. Y tiene razón. Aunque hay que reconocer que es difícil ser inmune a las agitaciones de la gente que describía el miércoles o las exigencias de cierta representación de la hostelería.

Yo también oía la radio en mi infancia. Me ponían Radio Popular de Valencia y allí estaban María Angeles Sempere o Marga Soto con Al Ritmo del Trabajo y Cada Canción Un Recuerdo. Aquella radio era el reflejo de los gustos poco sofisticados de una audiencia que interactuaba por carta o por teléfono con su emisora. No existía la programación en cadena y se palpaba la proximidad. La radio musical de acompañamiento acabó sustituida por las listas impersonales de éxitos, los divertidos magacines matinales y, ahora, la participación ingeniosa de la concurrencia a través de las redes sociales, donde solo las mentes más agudas tienen cabida. Y así estamos.

Sábado, 6 de febrero. Abdalajís

Valle de Abdalajís, en Málaga, es un pueblo que se muere de sed. Nunca había faltado agua, pero al construir un túnel para el ferrocarril de alta velocidad se perforó el acuífero de los manantiales que surten a la localidad y por allí ya no pasa una gota. Como compensación, ADIF lleva el agua en cisternas desde hace lustros, mientras buscaba alternativas definitivas. Pero la empresa pública, sin haber encontrado una solución permanente, dice ahora que basta. Que se ha gastado más de 26 millones de euros. Y, añado yo, un municipio de poco más de dos mil habitantes no merece tanto.

Valle de Abdalajís no es más que otra víctima colateral del progreso. El tren para que de Málaga a Madrid se vaya rápido era imprescindible. Que, según el alcalde José Romero, la población haya disminuido en una sexta parte desde que se agujereó el depósito de aguas profundas también es imprescindible para llenar los vagones.

Domingo, 7 de febrero. A escondidas

De aquí a siete días, Cataluña votará una nueva composición de su parlamento. Todo está previsto. Lo último que se ha anunciado es cómo se ejercerá el derecho a voto en los asilos. Una de las recomendaciones oficiales es que se lleve el voto preparado. Según se ha rumoreado siempre, nada que no sepan en alguna formación política. También se tendrá que pactar la salida con la dirección del centro. Cómo no, firmando antes una declaración responsable por pretender ir a la calle. ¡Ah! Y nada de irse de pingo con la familia o acompañantes. Vamos, que el ideal es que todo dios del universo residencial gerontológico se quede entre las cuatro paredes. Ya decidirá el resto del electorado por él. Su voto es accesorio.

A las personas mayores ya no les queda ni El Club de la Vida de Radio Nacional de España, aquel programa madrugador que presentaba Loles Díaz Aledo donde tenían eco las inquietudes del colectivo. Loles, no obstante, sigue en la palestra y defiende a quienes hoy podrían ser su audiencia. Sostiene que las personas mayores están más solas que nunca porque se han cortado, aunque yo diría que demonizado, todos los lazos que les unían con la sociedad. Espero que al menos sigan escuchando, a escondidas, las voces que salen de un viejo transistor.

La imagen de la semana / El dial

¡Cuántas vueltas habrá dado el dial de esta radio! Todo el barrio se reunía alrededor, al abrigo de la estufa, para oír voces lejanas entre interferencias de lo más naturales. Si tañía la guitarra, el baile se organizaba rápido en la entrada de la casa, antes de que se desvaneciera la señal. La esfera distingue entre onda normal, la del régimen, y onda corta, la que te hace soñar. Andorra, Berlín, Roma, Londres, Helsinki o Nueva York podían salir por el altavoz. ¡Quién sabe si alguna vez se acabó sintonizando La Pirenaica!