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No hace mucho, no muy lejos... No hace mucho, no muy lejos...

No hace mucho, no muy lejos...

Por Javier Sanz

No hace mucho, no muy lejos, en un continente civilizado, en el seno de la sociedad tecnológicamente y culturalmente más avanzada de su época, ocurrió uno de los capítulos más oscuros de la historia universal. Así podría empezar cualquier historia referida a los campos de concentración nazis, y también ésta… que lo hace con una carta. La carta que escribió Manuel Rifaterra Aguilar en mayo de 1945, tras la liberación del campo de Mauthausen (Austria).

Mi querida esposa, mis queridos hijos:

Desde el día 5 del corriente estoy liberado, fue la fecha que llegaron los americanos, esperando de un día a otro la repatriación a Francia. Como veis he tenido la suerte de poder llegar al final, ver desde ahí cerca la caída  del nazismo alemán que tan triste recuerdo nos deja. El mundo, cuando conozca su  criminal obra lo juzgará, estoy seguro que el castigo será terrible. […]

Ya llegó nuestra hora de vivir. Es tan grande nuestra dicha que a nada puede compararse, vosotros no podéis haceros una idea de cómo vivíamos. No tardaréis  mucho tiempo en conocer el calvario pasado por millones de seres de todas las  edades y sexos, y desaparecidos en estos campos.

¿Y vosotros? Ya me hago cargo que también habéis pasado calamidades sin fin.  ¡Cuánto he pensado! […]

(Escrita por Manuel el 11 de mayo)

Manuel Rifaterra Aguilar, el preso número 6726, había conseguido sobrevivir. Aquella terrible experiencia vital, que ahora llegaba a su fin, había comenzado años atrás en Francia, en el país que acogió a unos 500.000 españoles que abandonaron sus hogares huyendo de la guerra y de la represión franquista. Francia abrió la frontera sin tener previsto qué hacer con los exiliados ni, por lo visto, siendo consciente de su volumen. Prueba de ello es que la acogida estuvo marcada por la improvisación: hacinamiento, hambre y enfermedades fue lo que encontraron los españoles en los “campos de arena” -llamados así por ser las playas del departamento de Pyrénées-Orientales el enclave elegido para levantar estos primeros campos-. Aunque se fueron mejorando las infraestructuras y construyendo otros campos hacia el interior ya más adecuados, las autoridades francesas se enfrentaban a un problema económico y político, y debían darle una salida. Y se la dieron. Ya fuese por decisión propia o por la de otros, tres fueron los caminos que tomaron los exiliados: la repatriación (alrededor de unos 250.000); la emigración a terceros países, especialmente a Iberoamérica; y el alistamiento en las Compañías de Trabajadores Extranjeros o en la Legión Extranjera, al servicio de la economía francesa o del esfuerzo de guerra, respectivamente. Ante la imposibilidad de la repatriación, por ser capitán del ejército republicano (y lo era porque sabía “algo de letra”), el camino de Manuel le llevó a formar parte de la 86 Compañía de Trabajadores. Cuando se produjo la invasión de Francia, el 10 de mayo de 1940, unos 5.000 republicanos murieron en los combates y otros miles fueron capturados por los alemanes y conducidos a los campos de prisioneros, y Manuel fue uno de ellos.

Poco podría imaginar Manuel que los campos de refugiados de Francia, vía los campos de prisioneros de guerra, iban a ser la antesala de los campos de exterminio nazis, sin solución de continuidad. La cuestión de trasladar a los españoles a los campos nazis no fue un brindis al sol alemán, sino fruto de las palabras de Serrano Suñer, cuñado de Franco y Ministro de Asuntos Exteriores, ante la disyuntiva planteada por los diplomáticos alemanes de qué hacer con los españoles capturados, ya que Alemania no estaba en guerra con España. “No hay españoles fuera de España”, fueron las palabras que condenaron a los españoles. Para el régimen franquista, aquellos republicanos, comunistas o anarquistas eran enemigos de la patria y no se les podía considerar compatriotas. Por tanto, adquirían un nuevo estatus, el de apátridas y no prisioneros de guerra. De esta forma, sin el amparo del Convenio de Ginebra, su sentencia era la deportación a los campos de concentración.

La elección de Mauthausen para establecer el campo no fue al azar, se debió a las canteras de granito ubicadas en la zona y para las que iban a tener mano de obra muy barata y que podrían “renovar” sin problemas. A las deplorables condiciones de cualquier otro campo, aquí los prisioneros eran explotados para extraer la piedra necesaria que permitiría la construcción de los proyectos megalómanos de Hitler. De los más de 7.000 españoles que pasaron por aquel infierno, casi 4.000 murieron. Los que lograron soportar aquel martirio se organizaron y, con el paso del tiempo, consiguieron desempeñar trabajos especializados, como albañiles, peluqueros, intérpretes o fotógrafos. De esta forma, tenían más posibilidades de sobrevivir que si hubiesen seguido trabajando en las canteras. Uno de aquellos afortunados fue el turolense, alcorisano para más señas, Manuel Rifaterra Aguilar. Gracias a su profesión de albañil pudo abandonar las canteras y formar parte de las cuadrillas que construían los edificios e infraestructuras necesarias en el campo, como la llamada Escalera de la Muerte.

Durante varias horas al día, los prisioneros eran obligados a llevar grandes bloques de piedra, a menudo con pesos de hasta 50 kilos, desde la cantera hasta el exterior, y para ello debían subir los 186 escalones de aquella mortífera escalera. Con frecuencia, los prisioneros agotados caían desplomados y soltaban su carga, la cual rodaba hacia abajo creando un efecto dominó y aplastando a los siguientes prisioneros. Y Manuel fue uno de los encargados de realizar aquella escalinata en la que todos los días morían compañeros. Viendo el sufrimiento de los prisioneros de las canteras, decidió hacer algo para salvar a todos los que pudiese. Tirando de su posición de cierta autoridad entre los albañiles, con artimañas y engaños (y jugándose la vida), consiguió que las cuadrillas de prisioneros que trabajaban en la escalera fuesen mucho más numerosas de lo necesario y, además, elegía para formarlas a los más débiles, aunque no conociesen el oficio. De esta forma, conseguía sacarlos de una muerte segura si seguían trabajando en las canteras.

Tras la liberación, Manuel Rifaterra se quedó a vivir en las cercanías de París. Por la casa del «Maño» fueron pasando muchos de los camaradas a los que salvó la vida para darle las gracias. En 1979 falleció en la localidad francesa de Permain.