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El final de una era

Por Javier Aparicio

La desconexión de la térmica de Andorra pone punto y final a la larga relación que nuestra provincia ha tenido con lo que ha sido uno de nuestros pilares económicos, el carbón.

Si bien sabemos que desde el siglo XVII se tenía constancia de la existencia de este recurso en nuestra tierra, su interés por explotarlo no se produjo hasta finales del siglo XVIII. 
Fue a consecuencia de que Carlos III ordenara en 1798 la construcción de dos fábricas de acero en Utrillas; lo que puso de relieve la necesidad de contar con una materia prima que nutriera de energía estos complejos industriales, y aunque estas factorías desaparecieron en 1822, también dejaron como legado ese primer interés por explotar el carbón.
Hubo que esperar hasta finales del siglo XIX cuando por primera vez, en las cercanías de Andorra y Ariño varias familias demostraron que la extracción de carbón podía ser un futuro prometedor para la región. Sin apenas medios y de forma rudimentaria, podríamos considerarlos la primera generación de mineros turolenses.
Con el primer mapa geológico provincial de 1885, arrancó la verdadera minería industrial. De esta manera, se contó con un estudio detallado del carbón, quedando delimitadas las principales cuencas mineras en Andorra y Utrillas.
La profesionalización de esta actividad había comenzado, pero no fue tarea fácil, lejos de contar con tecnología y técnicas punteras de la época (como en el caso alemán y británico), los mineros aragoneses fueron aprendiendo el oficio sobre la marcha. 
De nuevo el olvido estatal volvió a jugar en contra de los turolenses, pues sin ferrocarriles que pudiesen transportar el lignito, era difícil alcanzar una rentabilidad suficiente que trajese riqueza al territorio.
El punto de inflexión llegó en 1900 con la creación de la empresa Minas y Ferrocarriles de Utrillas, con un capital de alrededor de 12 millones de pesetas (mayoritariamente aportado por empresarios aragoneses), la minería turolense por fin recibía un apoyo decisivo para asentarse. La apertura en aquellos años de una central térmica en Ariño y la línea de ferrocarril Utrillas-Zaragoza permitieron empezar a hacer verdadero negocio.
El carbón empezaba a dar notables años de bonanza, hasta el punto de llegarse a exportar a países europeos durante la I Guerra Mundial, gracias al status de potencia neutral que mantuvo España en la contienda.
Incluso la Guerra Civil, que destrozó las tierras aragonesas, no terminó causando grandes daños materiales a la infraestructuras mineras, por lo que recuperaron rápidamente su capacidad de producción una vez acabó el conflicto bélico.
Al finalizar la II Guerra Mundial con la derrota de los antiguos aliados de Franco, España quedó sometida  a  un duro aislacionismo internacional, razón por la que comenzaron los planes de la llamada Autarquía (esto es, a desarrollar la economía del país sin depender en ningún aspecto de un tercero). Y por descontado que para estos programas, desarrollar una industria energética nacional era algo indispensable. Junto con la energía hidroeléctrica, la explotación del carbón fue objetivo prioritario, llegando el propio Estado a comprar a partir de 1942 las principales minas de la zona. 
También empezaron a funcionar las centrales térmicas de Aliaga (1952) y Escatrón (1953), solventando el problema de transportar este recurso a puntos lejanos de la región para la producción de energía.
Fue en estos años cuando el carbón se convirtió en sinónimo de prosperidad, acostumbrados a ser una provincia de emigrantes, la década de 1950 fue justo lo contrario, familias principalmente del sur de España buscaron un mejor futuro en tierras turolenses, el auge de explotaciones mineras y nuevas centrales demandaban cada año más y más trabajadores. Sin embargo, “la alegría duró poco en la casa del pobre”, a partir de 1958, con el aperturismo económico del país, el carbón aragonés entró en progresiva decadencia al no ser competitivo frente a cuencas mineras extranjeras, que lo ofrecían de mejor calidad y a menor coste.
Pero todavía no habían llegado los años más dorados de nuestra industria minera. La llamada crisis del petróleo de 1973 puso en jaque a las economías occidentales por su dependencia energética con los países árabes, en el caso español esto ocasionó un renovado interés hacia el subsuelo de Teruel, el encarecimiento del petróleo, unido a las nuevas técnicas para explotar masivamente yacimientos de carbón dieron como resultado grandes minas a cielo abierto, esto lanzó a la minería turolense a cuotas de producción nunca antes vistas.
El carbón turolense alcanzó su pico de producción en 1981, con más de 5 millones de toneladas extraídas de 27 explotaciones mineras. Lamentablemente este aumento de productividad no fue unido a un mayor número de empleos, la mecanización de la extracción del carbón provocó sólo en aquellos años la pérdida de alrededor de 600 puestos de trabajo, un verdadero palo que fue capeado como buenamente se pudo.
La puesta en funcionamiento, también en 1981, de la central térmica Teruel (a la popularmente conocemos como térmica de Andorra) es la última gran obra relacionada con el carbón aragonés, con una potencia de 1101,4 MW y una chimenea de 343 metros de altura (siendo la segunda estructura más alta construida en España) fue capaz de cubrir el 5% de la demanda eléctrica española, además de asegurar durante las siguientes décadas centeneras de empleos en nuestros pueblos.
Unida siempre a controversias medioambientales, y luchando por sobrevivir en una Europa que desespera por decir adiós al carbón, su sentencia de muerte llegó en febrero de 2018, cuando Endesa anunció que no invertiría ni un euro más en esta planta para adaptarla a las nuevas exigencias legales que estaban por llegar.
El pasado 30 de junio de 2020, con la salida del último turno de trabajadores de la térmica, se pone punto final de este periodo minero, que ha marcado más de dos siglos de historia reciente en esta provincia, y que tendrá difícil, pero esperemos que no imposible, llenar el hueco que nos deja terminar nuestra era del carbón.