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Juan Corellano

Los Juegos Olímpicos son un anacronismo de lo más entretenido. Estoy seguro de que ningún griego antiguo hubiera esperado que, tantos siglos después, siguiéramos con aquella cosa de vestirse apretado y de corto para ver quién es mejor. Tampoco vieron venir los helenos el cambio de las cuadrigas por el skateboard, aunque eso se parece al mito de la RAE aceptando el término ‘cocreta’: primero nos llevamos las manos a la cabeza y luego la echamos de menos cuando nos enteramos de que jamás llegó a entrar en el diccionario.  Las olimpiadas son anacrónicas hasta el punto de crear lapsos en el espacio-tiempo, microclimas independientes, universos paralelos, pues resulta llamativo ver cómo Tokyo acoge a federaciones de todo el planeta mientras Japón refuerza las medidas contra el coronavirus. Cosas olímpicas, me digo.  Precisamente por anacrónicos, los juegos resultan una cosa marciana y extraña de ver, no solo por las cosas que suceden en sus sedes, sino también por las que provoca a su alrededor. Y es que hay en nuestro país personas madrugando para ver deporte. Para verlo, que no practicarlo, pero por algo se empieza y en algún momento, por pura inercia, una cosa ha de llevar a la otra.

Diré más, hay gente madrugando para ver piragüismo, tiro con arco, triatlón y un largo etcétera de esos deportes llamados minoritarios que encuentran cada cuatro años, en este caso cinco larguísimos, su gran escaparate en los Juegos Olímpicos. Madrugan para verlos, que no practicarlos, pero por algo se empieza y en algún momento, por pura inercia, esta cosa de los juegos ha de llevar a algunos deportes a ser, quizás, menos minoritarios.

Porque las olimpiadas ponen nuestra españolidad deportiva y aquel “¿a qué quieres que te gane?” en su sitio, solo hace falta ver el lugar que ocupa nuestro país en el medallero. Y es entonces cuando nos damos cuenta de que esa supuesta dominación absoluta es tan relativa como el alcance de nuestra atención.  Dicho de otra manera, durante cada edición de los Juegos Olímpicos reparamos en que España solo presta atención mediática a aquellos deportes en los que destacan sus representantes. Quizás también sea al revés, y resida entonces en esos madrugones la verdadera importancia de este anacrónico evento.

 

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