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F.J.B.

Castella dice adiós a los ruedos, a los miedos y a la gloria de los toreros, aunque bien es sabido que el adiós de un coleta es muy informal y casi siempre se convierte en un hasta luego. Pero es verdad que  el torero francés pone la rúbrica final a una carrera brillante y así lo ha comunicado esta semana a todos los medios. Se va. Au revoir. Ahí quedan veinte años de una carrera única para un torero francés, dos décadas de toreo inteligente y valiente que lo han convertido en un mito para la afición gala. Alguien lo duda?

Con él se va el único torero allende los Pirineos que ha encabezado el escalafón de matadores, el único que en la lengua de Molière ha podido lucir en sus alamares la condición de figura y el único que logró rendir Madrid de la misma forma que Rafa Nadal rindió París. Nadie alcanzó como él semejante gloria. Ni el bigotudo Felix Robert ni el malogrado Nimeño. Así que con Castella se va un pedazo de la historia del toreo que merece todos los honores en francés pero también en español, puesto que nos deja un torero que ha sabido interpretar como nadie la tauromaquia de Ojeda, esa que anulaba los terrenos del toro para hacer de la faena algo electrizante y lleno de emociones. Y eso a pesar de su frialdad aparente. 

Pero aún hay algo que va más allá de los ruedos y que el toreo debería agradecerle. Él ha sido el mejor embajador de la tradición del toro fuera de las fronteras de la cultura hispana. Artículos favorables a la fiesta y sobre él en Le Monde, visitas y discursos en el Parlamento de Bruselas, rendida admiración en actos elegantes celebrados en embajadas y palacios que antes pisaron Robespierre o Napoleón Bonaparte. Él ha explicado, que no defendido, la esencia del toreo a gentes alejadas de nuestra cultura que nunca hubieran vuelto su mirada hacia el toro y su filosofía. Y eso no tiene precio. Así que gracias de un españolito que disfrutó viendo a un francés arrebatarle al toro su fiereza, pero sobre todo viendo a un hijo de la Liberté, la Égalité y la Fraternité convertido en referente social más allá de nuestras fronteras. Y hacerlo en la época más dorada del toreo en Francia. Así que au revoir torero y a descansar de su gloria en su particulares palacios de invierno.