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Javier Silvestre

Samuel puso cara de no entender nada. Esa marca no debería de estar ahí, pero no había duda de que alguien la había grabado a conciencia. Apareció por sorpresa cuando limpiaba con una solución antioxidante los restos de la maltrecha figura del Torico que se había precipitado al suelo días atrás en el centro de Teruel. Su empresa de restauración, situada en un polígono de Zaragoza, tenía la imposible encomienda de arreglar la escultura en menos de una semana. Samuel era un manitas experto en arreglos de especial complejidad, pero tenía claro que este encargo no iba a llegar a tiempo.

Desde que se enteró que tendría entre manos al Torico había estado ojeando información sobre la figura. Tuvo más dudas que certezas. Parecía que el toro de bronce era, en realidad, un molde de hierro cuya datación podría situarse a principios de 1900. No mucho más. Por eso, al principio, al notar una muesca en el pecho, justo al lado del brazuelo derecho, decidió utilizar un disolvente más potente. A medida que frotó con mayor ahínco apreció un extraño símbolo, que había pasado desapercibido a los restauradores del Museo Provincial, que jamás se habrían atrevido a usar un disolvente tan agresivo con la estatua en perfectas condiciones. 

Y ahí estaba, casi imperceptible. Samuel reprodujo a mano alzada en un folio el extraño símbolo: una cruz cristiana clavada en un círculo atravesado por una línea horizontal y una estrella. ¿Cómo iba a averiguar qué narices era esa señal?

Decidió recurrir a Internet. Fotografió su propio dibujo, lo subió a Google y los resultados fueron inequívocos. “Stat crux dum volvitur orbis”, rezaba el primer enlace dónde se veía el símbolo que acaba de hallar en el Torico. Dirigía a la página web francesa Chartreux.org, de la orden monástica de los Cartujos. A Samuel le sonaba el nombre de la comunidad de monjes, pero no entendía qué narices hacía su símbolo grabado sobre el Torico. 

El sonido de la bocina que marcaba el final de su jornada laboral le sacó abruptamente de su investigación. Cuando se iba a ir echó un último vistazo a la nave y sintió un escalofrío tan sólo de pensar en dejar allí solo y abandonada la escultura, sin apenas medidas de seguridad. Decidió llevársela a su casa. Allí estaría más segura. Mientras conducía, su cabeza no paraba pensar. Frenó en seco y abrió el Google Maps. Buscó: “Monasterios cartujos” y le aparecieron varios resultados. El más cercano, el Aula Dei, en Peñaflor, a tan sólo 17 kilómetros de donde estaba. Eran las 20.10 de la tarde de un viernes de verano y no tenía nada mejor que hacer, así que cambió de destino.

Una carretera pobremente asfaltada y flanqueada por decenas de árboles daba paso a un edificio del siglo XVI, rodeado por un alto muro de piedra que sólo permitía ver una gran torre barroca en su interior. Samuel se acercó a la puerta, tiró de una cuerda y una campanilla ahogada sonó a lo lejos. Una voz ronca, que parecía no haber pronunciado una palabra en meses, dijo: “Está cerrado, hermano. Hasta mañana no hay horario de visitas. ¿O acaso buscas paz y reflexión?” 

“Vengo buscando respuestas…”, dijo Samuel  levantando el folio con el dibujo del símbolo copiado del Torico. La mirilla se cerró en seco y la puerta se abrió de par en par. Apareció entonces un monje encapuchado con un colobio blanco: “¿De dónde sacaste eso?”

Mientras el restaurador contaba su descubrimiento, el religioso asentía con interés. “¿Quieres respuestas? Sígueme”, dijo serio. Samuel pasó dentro del recinto. Las cosas intramuros no tenían nada que ver con la sobriedad que mostraba el monasterio desde fuera. El gótico se adueñaba de cada rincón, el claustro emanaba un agradable frescor y la portada de la iglesia presentaba unos relieves rococó dignos de una catedral. Entraron en la nave central y se sobrecogió al ver unas pinturas enormes en los laterales. “Son de Goya…”, dijo el monje con orgullo. Caminaron juntos hasta el centro de la iglesia y coronando la entrada había un gran mural de ocho metros de ancho donde se veía a dos seres alados custodiando un gran arcón. “Es la Anunciación del nacimiento de la Virgen María… y en el centro, el Arca de la Alianza. ¿Ves algo familiar?” 

Samuel vio sin dificultad el símbolo dibujado en el cierre del arcón. El monje le explicó que se trataba del icono fundacional de su orden y que se marcaba en objetos que debían de iluminar a las almas impías, pero no fue capaz de explicarle cómo había llegado hasta el Torico. De repente, su cara cambió por completo. “¡Creo que lo tengo!”, dijo antes de desaparecer por una puerta lateral de la iglesia. 

Reapareció con un viejo libro en las manos, encuadernado en piel. “¡Lo sabía!”, exclamó antes de apuntarle en un papel una coordenadas y decirle que “aquí encontrarás todas las respuestas”. 40,343996, -01,107676. Samuel introdujo las cifras en su navegador. El destino: el centro de Teruel ciudad. Arrancó y, con la escultura del Torico en el asiento de atrás, se plantó en la dirección señalada. “En 50 metros habrá llegado a un destino”, dijo el navegador al tiempo que atravesaba el arco que pasa por debajo de la torre de la Catedral. Se encontró una pequeña plaza desierta con una estatua sobre un enorme pedestal de piedra en el centro. No entendía qué debía buscar allí hasta que se percató de que la escultura sostenía una caja entre sus manos. No podía ser real. ¡Ahí estaba de nuevo el símbolo! 

Samuel miró a ambos lados y se encaramó hasta la escultura de lo que parecía un sacerdote. Efectivamente, allí estaba el símbolo cartujo. Lo apretó con fuerza hasta que se escuchó un 'clic' y la caja se abrió. Metió la mano dentro y sacó un pergamino con un mapa. Había un punto marcado con una cruz en una zona cercana a Valencia. Condujo sin pensárselo hasta llegar a otro monasterio de cartujos. Según su GPS era el Porta Coeli. ¿Que tenía que ver el Torico en todo esto? Decidió probar suerte en Google y juntó todos los términos en una búsqueda imposible. El resultado le dejó atónito: Francisco de Aranda. Según pudo leer en Internet fue un monje turolense de la orden de los Cartujos, consejero real de Juan I de Aragón y que estaba enterrado a escasos metros. ¡El mismo de la estatua de detrás de la Catedral! Corrió al patio donde los monjes sepultaban a sus muertos y se topó con otra gran arca de piedra. Y volvió a toparse con ese símbolo ya familiar. ¡Tenía que abrirlo! Deslizó la pesada tapa y no pudo creer lo que halló dentro: una figura del Torico, intacta y, esta vez sí, de bronce. 

“Llevamos más de un siglo custodiándola”, dijo una voz grave desde detrás de Samuel. Otro monje, también de hábito blanco, se acercó al restaurador y se dispuso a contarle cómo, cuándo y por qué el símbolo de los turolenses había acabado oculto en un monasterio cartujo. Pero esa es otra historia.

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