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Javier Silvestre

Esta semana ha verbalizado mi frustración con la clase política. Lo he hecho pegándole una buena chapa a uno de mis mejores amigos, que tiene un cargo importante dentro un partido político. Me asombraba -y me sigue asombrando- cómo la política le ha transformado también a él en algo muy alejado de lo que considero un ciudadano medio. No ha cambiado en su forma de ser, pero sí en su forma de pensar sobre la política y los políticos.

Cenábamos en una bar cuado me venía arriba yo criticando la pésima gestión que se ha hecho desde el PP con todo el asunto del voto fallido de Alberto Casero en la reforma laboral. Él intentaba justificar a nivel humano el fallo y yo trataba de hacerle entender que alguien debería de tomar medidas contra un diputado que ha demostrado ser un inepto en un momento clave. Esta afirmación, tengo que decir, me vale para el extremeño y también para el resto de diputados, de todos los colores, que no saben ni qué tienen que votar en un pleno del Congreso tras haberse pegado sin pisar el hemiciclo desde antes de Navidades.

Yo le decía a mi amigo, cada vez más envalentonado, que hay que asumir responsabilidades de una vez. Que todos las asumimos a diario en nuestros puestos de trabajo y que los errores se pagan (y tienen que pagarse) con medidas dolorosas pero ejemplarizantes. Me llegó a decir que “qué iba a hacer un diputado si le echaban del Congreso… que los pobres, hasta hace poco, no tenían ni derecho al paro”. Aquí, reconozco, perdí los papeles.

Porque yo soy autónomo. Porque conozco a muchos que con suerte llegan a los mil euros limpios al mes y tienen mucha más responsabilidad en sus manos que un mediocre diputado que se mete 55.000 euros al año en el bolsillo. Por eso le exigía que la política debe ser contundente y castigar los errores con severidad. Y si este señor o cualquier otro, por su ya demostrada ineptitud a la hora de votar, ha hecho que su partido haya perdido una votación tan importante, que se vaya a su casa. Punto final.

Insistía mi amigo en el “hostigamiento en redes sociales, el linchamiento y escarnio público que tienen que soportar los políticos a diario”. Le espetaba yo que se dejasen de tantas redes y que se dedicasen a trabajar más, o como mínimo a entender lo que aprueban o rechazan. Menos comilonas con menús a precios universitarios en el Congreso y más dar el callo.

Me llegó a decir, mi amigo -que también se formó como periodista-, que siempre vamos a buscar el fallo… la metedura de pata de cualquier candidato. ¡Es nuestro trabajo! Se le ha olvidado que en eso consiste el Periodismo (lo escribo con mayúscula, sí). Quizás si esos mismos candidatos fuesen políticos de excelencia no habría que estar todo el día destacando sus constantes errores: algunos involuntarios, lo que demuestra nuevamente su ineptitud; y otros hechos a propósito, lo que demuestra también su mezquindad.

Quizás lo que más me aterroriza es darme cuenta, a través de alguien a quien conozco hace 20 años, de que la clase política vive en su propia burbuja y que contamina todo lo que rodea. Soy de los que cree que el político tiene que ganar más, pero también tiene que ser un profesional de excelencia. Y que si no da la talla debe tener consecuencias. Desgraciadamente, los cum laude están en la privada o exiliados, porque el nivel de mediocridad de lo público acaba desesperando a cualquiera (con pasarse a ver el funcionamiento de un ministerio cualquiera, los pasillos de RTVE o, si me apuran, una simple oficina de correos tenemos suficiente).

Y con este panorama, con esta degradación política en general, nos vamos a plantar en una guerra en Ucrania que podría estallar hoy mismo. Con personajes como Putin haciendo dominadas, Biden durmiéndose en cualquier parte, Johnson de resaca, Macron tratando de aislar su ADN y Sánchez simulando que habla por teléfono con alguien importante. Pero claro, si los que llegan a gobernar el mundo tienen este nivel, ¿qué podemos esperar de unos simples diputados rasos?