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@JavierSilvestre

¿ Y ahora qué hacemos? Aparece la hija de Rocío Carrasco en El programa de Ana Rosa y dice, totalmente compungida, que ha tratado de llamar a su madre de nuevo, pero que no le coge el teléfono. Y le suplica: “Por favor, mamá. Arreglemos esto.” ¿A quién nos creemos ahora? ¿A esa madre que ha grabado una docuserie por consejo de sus terapeutas con la única finalidad de recuperar a sus hijos? ¿O a esa hija que insiste en que, desde hace meses, intenta hablar con su madre y ni le coge el teléfono ni le permite acercarse a ella? Habrá quien diga que podemos creernos a las dos y no estaría errado, porque sus versiones -aunque contrapuestas- pueden ser compatibles. Y ambas mujeres merecen ser creídas. Pero nos encontramos aquí con el resultado de presentar como una reivindicación social lo que, en este caso, sólo es espectáculo televisivo. 

El mayor riesgo de esta docuserie era perder credibilidad (ya que sólo presenta una versión de los hechos, eso sí, atiborrada de documentos). Los creadores lo sabían y por eso blindaron el programa. No se trataba de hacer televisión, sino de hacer un “bien a la sociedad”. Y criticarlo o cuestionarlo era, por ende, convertirse en un mal ciudadano. Una mala persona incluso. Un ser despreciable. Sin embargo, transformar este espectáculo televisivo en una punta de lanza del feminismo -donde los políticos entran al juego cegados por la cuota de pantalla- tiene un gran peligro: que la verdad de la supuesta víctima empiece a ser cuestionada mediante informes toxicológicos ad hoc o por su propia hija, como está ocurriendo ahora. 

Cuando estuvimos grabando el reportaje sobre el juicio a La Manada de Pamplona para Equipo de investigación, recuerdo extraer una descorazonadora conclusión: el flaco favor que habíamos hecho a la víctima mediatizando su caso. Porque los medios, en nuestro ansia informativa pero también empresarial, nos lanzamos sobre una niña de 18 años poniéndola ante un foco, día sí y día también durante tres años, del que ella no quería formar parte. Estoy seguro de que si la joven hubiese sabido la pesadilla que se le venía encima, jamás habría denunciado lo ocurrido en aquel portal en los Sanfermines de 2016.  No nos engañemos. Detrás de todos muchos brindis al sol mediáticos en pro de los derechos de las mujeres se esconde hacer negocio. Poco importa el resto. Si la docuserie de Rocío Carrasco no hubiese hecho buena audiencia, no les quepa duda que la habrían reubicado detrás de la Teletienda. Pesa más el audímetro que el empoderamiento de la mujer. Así de triste y así de cierto.
Que se lo digan sino a Carme Chaparro, que presentó una serie de programas que se llamaban Mujeres al poder. ¿Lo recuerdan? Yo tampoco. Fue este mismo mes de marzo. Se anunció el estreno de la segunda temporada por todo lo alto. Se emitió en Cuatro, en prime time, la semana del 8M. Tan sólo unos días después, se anunció que se reubicaba en las madrugadas de Telecinco sin visibilidad ninguna. Aún se espera su regreso.

Cada medio de comunicación tiene la libertad -faltaría más- de posicionar sus contenidos como crea convenientes. Son un negocio al fin y al cabo. Pero el espectador debe de ser consciente de que la “labor social de los medios” es una quimera. Al menos de los privados. Que su obligación de educar o concienciar se reduce, hoy en día, a la que le dicte su cuenta de resultados -y al buen hacer de sus profesionales siempre y cuando no obstaculicen demasiado los intereses empresariales-.
El feminismo y la liberación de la mujer ha pasado de ser una justa reivindicación social a un negocio más. Los políticos también se han subido al carro y no han dudado en utilizar a Rocío Carrasco como arma arrojadiza. ¿Harán lo mismo ahora con su hija? Tanto los unos como los otros, flaco favor están haciendo a las mujeres. Flaco favor.