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Javier Silvestre

Parece mentira porque llevo más de dos años y medio escribiendo semanalmente en el DdT, pero esta es mi primera columna en plena Vaquilla. Poco me podía imaginar en aquel noviembre de 2019, cuando hablé con Chema López Juderías, que pasarían de largo dos ocasiones de celebración. Pero, por fin, nuestra amada fiesta vuelve. Y con más fuerza que nunca.

Escribo estas líneas vestido de blanco, con ese hormigueo en el estómago que sólo los de Teruel podemos describir a dos horas de la puesta del pañuelico. Este año, quizás con más ganas aún, hemos traído a gente de fuera para fardar de fiestas. Y, como cada viernes, nos hemos ido a dormir mucho más tarde de lo normal aunque prometimos, a sabiendas de que lo íbamos a incumplir, que nos retiraríamos pronto para conservar las fuerzas.

Ha sido bonito reencontrarme con toda esa gente a la que sólo ves en la Vaquilla. Si antaño estos encuentros se dilataban 12 meses, los abrazos de estos días son más profundos y sinceros si caben. Primero porque ha pasado mucho más tiempo y segundo porque pandemias, invasiones, crisis económicas y volcanes han hecho mella en nuestra maltrecha alma.

Toca ahora cerrar los ojos y dejarse zarandear por las masas, hipnotizarse con el ritmo de las charangas y despertarse con los sutiles aromas de los callejones. Todo eso es la Vaquilla. Y más. Es no parar de reír, es beber y comer sin parar, es no mirar el dinero e invitar a propios y extraños, es encontrarse con el vecino del quinto que va disfrazado como jamás te imaginarías y es echar de menos a los que no están.

Me cuesta tanto explicar qué es la Vaquilla que cada año invito a gente para que la vivan en primera persona. Arriesgado experimento, ya lo saben los que me leen, porque si el invitado sale rana te pueden arruinar la fiesta más esperada del año. Con la edad, uno va cogiendo práctica a la hora de saber quién será un buen vaquillero. Y si la intuición falla, ya tenemos una edad para que cada uno se busque la vida con un juego de llaves de casa. Pero incluso esta es la magia de la Vaquilla, el desatino...

También lo es encontrarte con gente que no conoces de nada pero que saben quién eres tú. Me ha pasado, para mi sorpresa, durante este viernes de ferias, donde había personas que me saludaban porque me leen cada semana en estas líneas. Les confieso que me sonrojo cuando me ocurre algo así y eso que cuando alguien te para suele ser para felicitarte (los que me ponen a parir en redes y en privado no suelen perder tiempo en saludarme… y bien que hacen).

Y es cuando le pones cara a todas esas personas que te leen -más allá de tu familia y tu círculo más íntimo- cuando te das cuenta del privilegio y la responsabilidad que conlleva escribir estos 3.000 caracteres semanales en el diario de tu ciudad. Quizás esta no sea la mejor de mis columnas -ustedes se harán cargo de por qué…- pero no quiero perder la oportunidad de dar las gracias a todos los que, estando de acuerdo y sin estarlo, dedican unos minutos a la semana a asomarse a mis pensamientos.

Disfruten de las fiestas. Aparquen los problemas durante tres días. Ríanse mucho. A carcajadas si puede ser. Bailen hasta que les duelan los pies y quieran mucho a los suyos. Vivan esta Vaquilla como si fuera, no la primera sino la última. Porque nunca se sabe cuando el destino puede hacer que todo salte por los aires una vez más. Feliz Vaquilla.