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Los verdaderos 'supervivientes' Los verdaderos 'supervivientes'

Los verdaderos 'supervivientes'

Javier Silvestre

Que Olga Moreno haya ganado Supervivientes ha sido una bofetada en toda la cara para aquellos que decidían convertir un caso de presunta violencia de género en una cruzada contra los que ponían en duda la versión de Rocío Carrasco. Acusaciones de tongo, vídeos mostrando que no se podía votar al otro finalista y, en definitiva, negar que el público de un programa no acepte la versión impuesta por los supremacistas morales de siempre.

No sé si la actual mujer de Antonio David Flores merecía ganar el reality de supervivencia. No soy quién para juzgar por qué el hijo de Rocío Carrasco estaba en plató recibiendo a Olga. Y no me atrevo a afirmar si a este niño especial le obligaron a memorizar una frase con el único objetivo de volver a maltratar psicológicamente a su madre biológica. Pero de lo que no me cabe duda es de que había muchos espectadores hartos de que se les dijese lo que tenía que pensar sobre este juicio mediático. Llevaban meses escuchando que dudar de la versión impuesta les convertía de forma automática en “cómplices del terrorismo machista” y en “negacionistas”.

Empujados al extremo, convertimos al espectador en un ser fanático, sin capacidad autocrítica y que tan sólo ve maldad en los que no claudican y piensan como ellos. Y se da la paradoja de que el máximo defensor de una mujer maltratada y silenciada durante 20 años no tiene problema alguno en dudar, vejar y desacreditar a otra mujer por el hecho de estar al otro lado de la balanza. Blanco o negro. El bien o el mal. El Cielo o el Infierno.

Lo que ha ocurrido con Supervivientes tiene una clara traslación a la vida real donde está prohibido dudar del discurso moralmente impuesto por ciertas corrientes ideológicas. No hace falta demostrar nada. No podemos esperar a tener pruebas de algo. Hay que posicionarse ya y hacerlo del lado de los buenos. Si no, somos señalados con el dedo y directamente repudiados en esta dictadura ideológica que se va adueñando de nuestra sociedad.

Me recuerda a los tiempos en los que una compañera vasca vino a estudiar a Barcelona y cada vez que le preguntábamos sobre el terrorismo bajaba la voz por miedo a que le escuchasen. Vivía con terror a expresar su verdadera opinión y meterse en líos. De esto hace 20 años y seguimos igual o peor, porque ahora las opiniones se amplifican gracias a las redes sociales. Expresar una opinión libre puede acabar con una hueste de ninis-tuiteros-poseedores-de-la-verdad-absoluta ejerciendo un acoso digno de la peor calaña. Esa que tanto denostan pero de la que, en el fondo, forman parte.

La masa como ente desprovisto de un criterio crítico. Empujada por líderes de opinión que deciden qué debes pensar. Excluyendo al díscolo que se sale de la fila. Evitando cuestionar y dudar de lo que dice la mayoría. Supremacismo moral vacío de argumentación. Violencia justificada contra el disidente disfrazada de intolerancia contra el presunto intolerante. Y así, caemos en una espiral hacia errores del pasado que han dejado millones de cadáveres en las cunetas de la Historia.

Opinar con libertad se ha convertido en un acto de clandestinidad. Hay que ser muy valiente para luchar contra este terrorismo moral que se ha instalado en nuestro día a día. Tener criterio propio y defenderlo públicamente... Eso sí que es un acto sólo apto para los verdaderos supervivientes.