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Javier Silvestre

Me levanto de mi cama con el habitual dolor de cabeza que delata que anoche hubo más copas de Rueda de lo necesario. Mi móvil está lleno de mensajes de Whatsapp, alertas de Twitter, un par de recordatorios de la agenda que llevo posponiendo desde hace un mes y una previsión que augura un soleado día en Madrid. Me levanto perezoso, evacúo y me dirijo a la cocina para que la Nespresso me prepare un aromático café de marca blanca. Abro un brick de leche de almendras zero azúcar y me tomo el suplemento vitamínico que me hace pensar que tengo energía de sobras para afrontar el día a día.

Le ordeno a Google que me ponga radio Calima para sentirme en Canarias durante un rato y abro mi portátil. Chequeo las audiencias y compruebo que todo va bien. Leo algunos mensajes y decido que me iré a comer fuera, donde sea, pero toca disfrutar del día libre. Hay plan. No tardamos demasiado en ser unos cuantos y los amigos que ahora no pueden unirse irán bajando a lo largo de la tarde. No enciendo la tele. No quiero abrir las redes sociales. Tan sólo deseo salir a la calle y olvidar.

Llevo toda la semana viendo bombas, explosiones, cadáveres, ejecuciones, gente huyendo despavorida, vidas hechas añicos. El trabajo de periodista es lo más bonito, pero lo más horrible en tiempos como éste. Y una guerra es algo informativamente apasionante, pero emocionalmente desgarrador. Muchos dirán que las televisiones buscamos el morbo, el sensacionalismo, la visceralidad. Pero les puedo asegurar que el filtro que ponemos (algunos) medios de comunicación para evitar lo más crudo de una guerra es exquisito. Reitero, algunos medios.

Decía una compañera, de forma muy acertada, este jueves al acabar el programa que “para nosotros, la guerra acaba ahora y no vuelve hasta mañana por la mañana”. Un comentario que se ha deslizado en mi cerebro mientras miro por la ventana y veo el discurrir de la vida en una calle cualquiera de una ciudad cualquiera de nuestro país. Me pregunto qué sentiría si viese pasar tanques por el paseo de las Delicias, si me tuviese que refugiar con mis vecinos en el garaje mientras suenan las sirenas antiaéreas, si me acostumbraría a dormir oyendo el retumbar lejano de las explosiones.

Mi cerebro va más allá y reflexiono sobre qué haría en caso de contienda. ¿Me iría a Teruel para estar con los míos? ¿Empuñaría un arma? ¿Sería capaz de matar a alguien en un momento dado? ¿Serían capaz de matarme a mí sin mediar palabra? La guerra, que siempre se me antojaba lejana, se asoma ahora a nuestra forma de vida. Y eso me inquieta.

Oigo a unas niñas reír y perseguirse despreocupadas por la calle, veo a una señora mayor entrando en la farmacia empujando un carro de la compra, huelo las brasas del restaurante asturiano que tengo a la vuelta de la esquina. Apuro el café, ya templado, mientras recuerdo los bailes de la noche pasada junto a mis compañeros de programa. Y me convenzo a mí mismo de que valdría la pena luchar por defender nuestra forma de vida, con sus defectos y sus aciertos. Que, en un momento dado, habría que dar un paso al frente para que nadie nos arrebatase la libertad. Y que el precio a pagar es ínfimo si tenemos en cuenta lo que podemos perder.

Y me veo a mí mismo agazapado, temblando de miedo, fusil en mano, luchando sin tener ni la mili hecha. No lo haría por una bandera sino por unos ideales, por un modelo de vida que está siendo amenazado. Por una libertad que nos ha sido regalada no sin poco sufrimiento y que debemos preservar a toda costa. Porque lo contrario no sería vivir. Tengo claro, que yo, como soldado amateur, duraría medio telediario en caso de guerra. Pero en un acto de inconsciencia -y fingiendo un valor que creo que no tengo-, me iría a luchar contra el que quisiera acabar con mi forma de vida, con mis ideales y con mi libertad.

La tiranía es poliédrica. El miedo es monocromático. La guerra es un peaje injusto. Pero, la injusticia forma parte de nuestro mundo y hay que luchar con uñas y dientes contra los que quieren arrebatarnos la libertad. Me quito el pijama y me meto bajo un reconfortante chorro de agua caliente. ¡Qué fácil es teorizar a 3.500 kilómetros del atronador sonido de las bombas! ¡Qué cómodo es que la guerra sea eso que uno vive sólo en horario laboral! ¡Qué cínico creernos que esta no es nuestra guerra!