Síguenos
Javier Silvestre
El termostato de mi casa no está a 27 grados. Está a 28. Porque he aprendido que si pongo el aire acondicionado a esa temperatura y el ventilador a velocidad media, enfocándolo directamente hacia mí, la sensación de calor desaparece casi por completo. En el trabajo la cosa cambia: las chicas suelen pedir temperaturas más altas porque van con ropa más fresca, mientras que los chicos imploran bajar de los 25 grados para soportar los pantalones largos y camisas arremangadas.

Cuando uno va al bar, los camareros no se esconden y ponen el aire a 22 grados sin que nadie se lo impida. Quizás algún cliente puede tener un poco de frío pero ellos, que no paran de moverse de arriba a abajo, agradecen no acabar empapados de sudor cada vez que entran y salen a la terraza. Luego está el caso de algunas tiendas donde, efectivamente, habría que pedir un forro polar para soportar las bajas temperaturas que tienen programadas. “Es para que la gente no sude cuando se prueba la ropa”, dicen cariacontecidos los trabajadores, que viven en una glaciación constante durante todo el verano.

El ahorro energético es, así pues, un asunto con tantos flecos y matices que resulta sorprendente que alguien se atreva a fijar una temperatura máxima y mínima de forma generalizada tal y como se ha hecho. Y claro está, ante semejante osadía llegan los sofocos. Hay dos maneras de concienciar a la población en temas como estos: dándoles información o tocándoles directamente el bolsillo. En este caso, el precio de la energía está tan disparado que cada uno, en sus hogares, ya hace lo que buenamente puede para sobrevivir a las olas de calor constantes sin arruinarse. Otra cosa es lo que hacemos cuando paga el jefe, donde somos más laxos con el termostato.

A partir de ahí, ya tenemos montado el lío. Porque todo se hace de forma chapucera que acabamos hablando de corbatas, negacionismo, liderazgos y el manido Falcon. Y ese “ruido” del que tanto se queja el Gobierno (pero al que recurre constantemente) se utiliza para desviar el foco de atención de asuntos mucho más graves. Mientras nos peleamos por un termostato dejamos de hablar de la cesta de la compra, del zarpazo de las hipotecas variables y de los parados que no salen en los datos oficiales porque son fijos discontinuos. Al final, este “ruido” del que se quejan los que nos gobiernan acaba siendo su mejor cortina de humo para desviar la atención.

Que el ahorro energético es una necesidad nadie lo discute en la situación actual y venidera (invasión de Ucrania, agotamiento de los recursos fósiles, cambio climático…). Ahora bien, la forma de imponer este ahorro al ciudadano ya es otra cosa. Y menos, cuando Europa no obliga -por el momento- a que los países reduzcan su consumo de gas. Así que esta normativa torticera, hecha a contrarreloj y sin consultar a nadie, demuestra que sólo se busca desviar la atención de lo realmente importante: el otoño económicamente complicado que se cierne sobre nosotros.

Pero eso ya lo abordaremos cuando toque, no sea que “nos estropeen el verano”, tal y como vociferó Pepe Álvarez (UGT) a principios de julio. La economía puede esperar y si todo se desmorona, keep calm y señalemos sólo a Putin, no sea que alguien se dé cuenta de lo incapacitados que están la mayoría de nuestros políticos para gobernarnos.

El calendario electoral aprieta y, con las municipales y autonómicas a la vuelta de la esquina. No hay tiempo para pensar demasiado en el ciudadano: hay que priorizar las cosas y centrarse en aferrarse -o llegar- al Poder. Así que todo se hace con una intencionalidad manifiesta. Hacer ruido para que el rival haga más ruido aún. Y así, hasta quedarnos completamente sordos. Esto promete.