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Si fuera un año normal Si fuera un año normal

Si fuera un año normal

Javier Silvestre

Debería estar nervioso a día de hoy escribiendo esta columna si fuera un año normal. Seguramente me habría organizado para juntar estas letras antes de que llegase el viernes por la tarde, porque tocaba salir pitando hacia Teruel. Llegar tarde a la casa que me vio crecer, teniendo que esquivar a miles de personas que ya deambularían, con unas copas de más, yendo de carpa en carpa.

Tendría que dejar el coche a buen recaudo en la cochera y salir corriendo hacia mi peña, donde me esperarían mis amigos, a los que no ves, en algunos casos, desde hace justo un año. Y no dudaría en abrazarlos a todos para contagiarme de su felicidad; presentar a los invitados novatos de este año; e invitar una ronda sin importar el precio sabiendo porque estamos en Teruel; y recogería mis vales de peñista; y mi escudo; y me dirían que el regalo de este año de 'Los que faltaban' es mejor que el de nuestra peña; y prometeríamos que nos recogeríamos pronto porque ‘hay que guardar fuerzas’; y bailaríamos juntos los exitazos trasnochados que pondría un David Guetta local… Y, en definitiva, el sol nos pillaría volviendo a casa a toda prisa para no perdernos la retransmisión del encierro de Sanfermines.

Si fuera un año normal el sábado por la mañana volvería a maldecir mi falta de voluntad y a sentirme sin fuerzas para afrontar los tres días que me quedan por delante. Los años van pesando y seguro que en esta ocasión no aguantaba tanto como el año pasado. Abriría la caja que mi santa madre habría bajado del altillo del armario con miles de prendas vaquilleras. Cogería unos pantalones holgados y una camiseta que sé, no volverán de una pieza a casa. Faja, pañuelico y cómo no, mi gorrinera.

La sacaría de la caja, la sostendría con mis manos y haría un repaso a los escudos. Demasiados ya. Lo que uno no quiere afrontar frente al espejo se presenta como una puñalada traicionera al ver que no hay sitio para otro escudo más. Si fuera un año normal, se me echaría el tiempo encima y comería a toda prisa la ensaladilla rusa preparada por mi padre mientras intento recordar las nociones básicas de costura para lucir el emblema de mi peña. Y llegaría tarde, como siempre. Y la charanga se habría marchado ya, como cada año.

Como la norma es no llevar el móvil durante el sábado de la Vaquilla, si fuera un año normal acabaría encontrándome con algún otro rezagado para intentar entrar en la plaza del Torico, donde cada vez vamos menos amigos del grupo de toda la vida, que optan por la plaza del Ayuntamiento, más calmada para la gente de nuestra edad.

Mientras me zarandean y me llenan los ojos de vino me preguntaría quién me manda sentirme aún adolescente a mis 41 vaquillas. Pero ahí estaría, sin duda, si fuera un año normal.

Tras la explosión de júbilo, buscaría alguna ducha o una fiesta de la espuma cerca de la Nevera. Allí comenzaría la improvisación, el no saber qué nos deparará esta nueva Vaquilla. Y comenzarían a correr los litros de cerveza, agujereados para convertirlos en improvisados porrones. Y aunque creyese que me fallaban las fuerzas, si fuera un año normal, iría a bailar Coyote Dax a 'Los Bohemios', recorrería ciudad y media detrás de la charanga, me acercaría a los puestos del Ensanche a malgastar el dinero en abalorios decorativos, convertiría cualquier rotonda en un improvisado restaurante, me encararía con algún valenciano que estuviese meando en el portal de un amigo, me disfrazaría el domingo entrase o no en la plaza, bailaría hasta el amanecer en 'Los Sordos', haría turismo de peñas para reencontrarme con propios y extraños, trasnocharía para ver los ensogados, me pondría camisa para comerme el regañao y me metería debajo de la casaca para evitar que la traca final pudiera quemarme.

Jamás pensé, hasta ahora, que tuviese tantas ganas de que este 2021 fuera un año normal. ¡Feliz Vaquilla!