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Sin rastro de mis rastreadores

@JavierSilvestre

No puedo empezar esta columna sin sentirme agradecido. He dado positivo en Covid-19 y soy de los afortunados que sólo ha tenido unas molestias mínimas y una pérdida de olfato que incluso agradezco en según qué situaciones. Soy afortunado por trabajar en una empresa, Mediaset, que nos somete a un control férreo con tests rápidos cada 20 días y que detectó mi “positivo tenue” -así lo llamó el médico de la empresa- y que horas más tarde confirmaría una PCR hecha en mi Centro de Atención Primaria de Madrid.

Ya sé que habrán oído mil noticias sobre el caos sanitario de nuestro país, pero yo aquí vengo a contar mi experiencia; porque es igual de real que las decenas de historias que nos llegan por redes sociales, por Whatsapp y a través de amigos de amigos de un conocido... Mi caso tiene poca venta mediática porque cuando llamé a mi ambulatorio, aún con el susto “tenue” en el cuerpo, me dijeron que acudiese a la media hora, que me harían la PCR sin problemas.

Dicho y hecho. Todo aséptico y calculado. Raspado nasal a distancia. Con la mínima interacción con los sanitarios que me animaban diciendo que todo quedaría en un falso positivo. Pero no. A través del portal del paciente pude ver cómo a las 6 de la mañana mi PCR era admitida en mi laboratorio de referencia y cómo horas más tarde se confirmaba que me había contagiado con el maldito coronavirus.

Habían pasado 24 horas. Me llamó mi médico de cabecera y me hizo las preguntas de rigor, me dio las pautas establecidas y me dijo que si tenía cualquier síntoma les llamase. Y me recordó que debía quedarme en casa y avisar a mis “contactos estrechos”. Es pleno mes de agosto en Madrid y por suerte no fueron muchos. Todos acudieron ese mismo día a un centro hospitalario y se les practicó una PRC, que además resultó negativa.

A ellos les he fastidiado las vacaciones porque también han tenido que quedarse en casa 14 días. A mí este encierro me ha resultado mucho más duro que el primero, pensando qué hice mal para contagiarme, sintiéndome culpable por robarles el verano a varios amigos con mi positivo y sabiendo que la gente está disfrutando de un agosto que yo sólo veo a través de la ventana. Podríamos decir que soy muy afortunado y que todo ha funcionado a la perfección. Excepto por un detalle crucial: ni rastro de mis rastreadores.

Los epidemiólogos ya lo venían advirtiendo y los sindicatos denunciando: “No hay rastreadores, no se está rastreando a los contactos de los positivos, no se está acotando al virus”. Y puedo dar fe de que 14 días después a mí no me ha llamado nadie. Incluso pregunté si era yo el que tenía que avisar a la Comunidad de Madrid. “Te llamarán ellos”, fue la respuesta. Pero nunca lo hicieron. Me convertí en el rastreador 561 de la Consejería de Sanidad: avisé de mi positivo, he hecho seguimiento de mis contactos y he concienciado para evitar propagar este virus que yo he vivido como un “tenue” resfriado pero que podría matarlos a ellos... porque el Covid-19 es una lotería.

Con más de mil positivos diarios en Madrid, ahora es imposible que los rastreadores sean eficaces y debemos ser nosotros los que asumamos su labor de forma voluntaria. Porque de esta crisis, como de tantas otras, sólo nos salvaremos ayudándonos entre nosotros. Porque el resto son batallas políticas, guerras de fríos números y una lucha competencial que todo lo enfanga. Y porque dejarse llevar por la máxima de que “aquí todo el mundo hace lo que le da la gana” es volverse parte del problema.

Me siento afortunado porque he hecho bien las cosas y sé que mi “tenue” Covid-19 no se va a llevar a nadie por delante. Y eso, no hay rastreador que me lo quite.