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Elena Gómez

Me encanta que las mujeres estemos de moda. Por fin se nos respeta y se nos visibiliza. Es el momento del feminismo bien entendido como lucha por una igualdad efectiva. 
Algo que me maravilla es ver cómo las jóvenes de hoy en día conocen las biografías de esas grandes mujeres que nos precedieron y tanto consiguieron. Admirar a Frida Kahlo, Simone de Beauvoir o Clara Campoamor ya no es simple postureo, es una cuestión de cultura y de buenas intenciones.
Pero a lo largo de la historia también han existido mujeres anónimas que han puesto su granito de arena para llegar a este punto. Mujeres que no están en los libros de historia pero que lucharon por hacerse respetar en una sociedad machista y enarbolaron su dignidad hasta las últimas consecuencias.
Yo conozco a una ellas. En pleno franquismo enviudó antes de los 30 años, quedándose sin nada y con dos niños que sacar adelante. Nunca volvió a casarse para sentirse protegida, se bastó ella sola para darle una vida apropiada a su familia.
Trabajó en múltiples empleos, tuvo que soportar injusticias de quienes debieron ayudarla y no fue nada fácil conseguir una estabilidad económica. Sin embargo, procuró hacer lo que creyó mejor para ella y para los suyos, ajena a rumores o maledicencias.
Fue una mujer con inquietudes. Sin apenas saber leer nunca ha dejado de tener un libro entre sus manos. Unas manos que son capaces de hacer cualquier tipo de labor y que han sido sus mejores aliadas.
Hoy tiene 91 años y, a pesar de las dificultades, sigue siendo la misma mujer valiente, inquieta e independiente de siempre. Es un terremoto para los que tiene cerca y no deja de demostrarnos que la vida puede ser muy dura pero también muy gratificante.
A ella le debo mi carácter emprendedor y mi pasión por la vida. Ella me ha enseñado que lo importante es hacer lo que creas correcto sin hacer daño a nadie. 
Ella es mi abuela, la mujer que más admiro.