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Javier Silvestre

Fue en febrero de 2018. En Equipo de Investigación estábamos elaborando un reportaje sobre el pulpo y una de las patas era viajar hasta el Sáhara para comprobar cómo buena parte de los cefalópodos que consumimos como gallegos son, en realidad, africanos. Y digo africanos que no marroquíes porque esa zona del continente está ocupada por Marruecos, que explota y esquilma sus recursos naturales (como la pesca) ante la pasividad internacional (y española).

Se plantearon varias maneras de entrar en el Sáhara Occidental sin ser detectados como periodistas. La más complicada consistía en volar hasta Marrakech, coger un autobús hacia Mauritania y en un momento dado bajarnos cerca de El Aaiún donde nos esconderían en un piso hasta que pudieran trasladarnos hasta la costa de Dakhla. La segunda, que fue la elegida, consistía volar directamente hasta la ciudad costera haciéndonos pasar por turistas que iban a practicar el kitesurf que tan de moda se había puesto allí.

Recuerdo bajar del avión y encontrarnos un aeropuerto muy modesto pero con gran presencia de militares. Después de que nos sellasen el pasaporte con un cuño de la policía local marroquí, procedimos a coger nuestro coche de alquiler. Era un vehículo bastante destartalado y oxidado. Nos adentramos en la antigua Villa Cisneros y nos sorprendió el contraste que ofrecía la ciudad.

Grandes edificios gubernamentales marroquíes, con enormes banderas y presencia militar en cada esquina. Y construcciones coloniales destartaladas, con la pintura despegándose a jirones de las paredes, donde aún se intuían nombres en español. El símil era fácil de establecer: Marruecos ocupaba el Sáhara mientras España les había abandonado.

La grabación del reportaje no fue fácil. Teníamos un contacto del frente polisario que nos acompañó a un par de campamentos nómadas donde los hombres se jugaban la vida saliendo a pescar pulpos en unas barcas cosidas con parches y con unas nasas fabricadas gracias a botes industriales de plástico vacíos. Alguien se chivó de que estábamos allí y apareció el ejército y la policía marroquí, que nos retuvo durante más de cuatro horas en mitad del desierto, a 200 kilómetros de la pretendida seguridad de nuestro hotel en Dakhla.

Lo que ocurrió después es lo que más me demostró el régimen de terror que viven los saharauis, colonizados desde hace casi 50 años. Las autoridades marroquíes decidieron vigilarnos, de forma torticera eso sí, hasta que abandonásemos la zona. Nos seguían coches día y noche, se nos presentaba gente en los restaurantes donde comíamos que nos interrogaban de forma sutil, llegaron a montar un dispositivo de captura cuando decidimos hacer turismo y escalar una duna del desierto. Tuvimos que vivir dos días inmersos en una película de espías, copiando y escondiendo el material que habíamos grabado en los lugares más insospechados de nuestro cuerpo y colocando cabellos en el marco de la puerta de la habitación de hotel para ver si alguien había entrado a registrarla.

Afortunadamente, las autoridades marroquíes no fueron capaces de saber que éramos periodistas (eso también dice mucho de su incompetencia) y pudimos abandonar el país camuflados entre una delegación de políticos españoles que estaban negociando un tratado de pesca. Eso sí, al llegar a España, la prensa del régimen nos acusó de “sodomitas”, “espías” y no sé cuántas cosas más. Un delirio absurdo de un país que tiene ocupada y sometida a una región del tamaño de Italia con medio millón de personas abandonadas a su suerte.

Cuando conté mi aventura al llegar a Teruel, días más tarde, una amiga me enseñó las fotos color sepia de su familia, que había vivido en Villa Cisneros. No quedaba nada ya de aquellos años de colonialismo, con sus luces y sombras. Tan sólo arena, decadencia y opresión. Algo que no ven los turistas que van a gastarse dinero surfeando las olas del Atlántico cuando suben fotos a instagram y dicen aquello de “Yo estuve en Dakhla”.