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Mario Hinojosa

A veces tengo la sensación de perderme en laberintos de asfalto y baquelita sin más pretexto que el de explorar rutas secretas donde sentir el desafío perpetuo de volver a empezar, y como un irreductible y contumaz Sísifo, me adentro en sus misteriosos resortes.

En eso pensaba mientras ascendía las primeras rampas del puerto, duras, exigentes, el motor rugía, las ruedas chirriaban, no sabía si estaba al sur de Aragón o en una de las veintiuna curvas del mítico Alpe D´Huez; eso sí, sin gritos de ánimo, pancartas, ni el color naranja de los holandeses. De pronto en ese violento y repentino zigzag, noté que me estaba mareando, un dolor de cabeza insufrible y una fatiga repentina, me quedé vacío, algo así debe ser el soroche imaginé, y me detuve. Salí a respirar y una brisa ligera me ayudó a recuperar la estabilidad y a calmar las náuseas.

De pronto, ante mis ojos, emergió una naturaleza abrumadora, no había sido consciente en todo el viaje de tanta belleza, de un escenario tan rotundo, había pasado a toda velocidad y no me había detenido a observar, ¡qué verbo este!, y ahora aquello de golpe, a bocajarro. Todo estaba allí flotando, incluso las canciones de Viva Suecia que yo siempre destrozaba. Me llamó la atención un indicativo que señalaba hacia el cielo y en el que se leía, Polaris. Allí la vi, absorta en el precipicio desde donde se intuía Linares de Mora acurrucado en un esponjoso nido de piedra. Miraba el horizonte como quien espera una respuesta, y hacía un juego de equilibrios donde la perspectiva del relieve y su enigmática figura me hizo acordarme de Peter Handke, tal vez ese lugar fuera un trocito del Cielo sobre Berlín que tanto me gustaba. Y la oí gritar, cuando la niña era niña inventaba pinos negros de corteza blanca, fotografiaba vacas color beige dorado masticando con parsimonia pensamientos milenarios, el verano siempre era una metáfora de la eternidad, las setas jugaban al escondite y los bosques ocultaban las esperanzas de un futuro donde los sueños de los más necesitados tenían eco en las conciencias. Cuando la niña era niña creía que había una solución para cada problema y un árbol letrado que amparaba todas las ilusiones infantiles. Y siguió: Cuando la niña era niña un día llegó a la Fuente de la Huerta y le dijeron que era la de la eterna juventud, que hasta los de Benasal venían a por sus aguas curativas, el riñón nada menos, y pudo comprobar las enormes filas, la incertidumbre y el asombro, y decidió refrescarse por si acaso, y seguir su camino, y  se metió a descansar en un lavadero y vio como una anciana fumaba y reía mientas hablaba de la neurosis de ser abuela en las vacaciones escolares, y vio como el pueblo de Mosqueruela se proyectaba sobre una colina, y vio una placa con un poema de José Antonio Labordeta. Y de pronto una digresión activó su memoria: “Cuando la niña era niña, andaba con los brazos colgando, quería que el arroyo fuera un río, que el río fuera un torrente, y este charco el mar”.

De repente no la escuché más, dejé atrás el paisaje y no me giré porque sabía que  si lo hacía, como la mujer de Lot, me convertiría para siempre en estatua de sal.