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Mario Hinojosa

Habían trazado la bisectriz entre Teruel y Libros siguiendo el destino del río Turia, que como un anémico Nilo teñía de verde ese extraño y delgado oasis de quietud que se incrustaba entre murallones arcillosos. Todo a su alrededor era un espectáculo de silencio, la lógica del abandono en cada curva, en cada tirabuzón del asfalto, en cada masía desvencijada.

Empezaron el itinerario asistiendo a la demolición controlada de las tardes de domingo en los columpios del Amples, y al reflejo temporal de la sombra de otras pulsiones. Luego vendría Villastar de refulgente terminación cósmica y Villel con su imponente muro a la salida que se retorcía como un espejo cuarteado de la Capadocia. Llegaron a Libros como el que se asoma al mundo inescrutable de Las aventuras del Barón de Münchhausen donde todo es tan palpable como los Clavileños y las Baratarias. Allí pudieron ver con asombro una piscina llena de emergencias pasionales y de niños acróbatas que en invierno se esfumaban hacia el fondo de la memoria.

Ser partícipes de aquello, de esa explosión descontrolada, les pareció un acontecimiento único, un fogonazo sartreano existencial que corría a toda velocidad, y que como un milagro del verano, como sólo en los verano pasan estas cosas, se convertiría por unos días en un excitante ir y venir de sonrisas y algarabía, un espejismo de presente con futuro. Sintieron que tal vez el calor les empezaba a afectar, que tenían visiones oníricas entre los almendros mientras el sol calcinaba todo a su paso. Y así fue como creyeron leer en un panel que una montaña albergaba cuevas y más cuevas a modo de viviendas, una ermita, un hospital, una escuela, cuartel de la Guardia Civil o un economato. Minas de azufre donde llegaron a coexistir casi dos mil personas, y de donde además de este mineral surgían unas misteriosas ranas milenarias. Pero de eso sólo quedaba un esqueleto de piedra y algún fantasma crepuscular que evitaba el desplome de tanta vidas posibles. Pensaron en qué podría hacer con ese material Agustín Fernández Mallo; estaría bien que escribiese una nueva novela llamada, Azufre dream.

Continuaron sin hablarse, y de pronto escucharon el eco de otras voces en otras minas agónicas que cincelaban a tajo limpio un paisaje cortado a imagen y semejanza del progreso caníbal que dejaba poco margen a la recuperación pulmonar de una naturaleza que se agarraba a los taludes como a una última esperanza.El desnivel era muy acusado, y su coche ascendía por lenguas de tierra y piedra como una serpiente voluptuosa, y Javalambre de fondo con el recuerdo de los aviones de Malraux atronando con tanta fuerza en el papel como en las conciencias.

Asistir de golpe a cómo el edén tiene forma de agua despeñándose. Los Amanaderos ponía en la señal, pero era el Edén, con Eva aunque sin rastro de James Dean. La cascada de las Yeguas, la de las Ninfas o el Tobogán, una garganta abierta en canal en medio del roquedal, un bosque supramediterráneo y animado donde volver al miedo cerval de la infancia con el bandido Fendetestas escondido en cualquier recodo del camino.

Acabaron transformados para siempre, bailando con el único testigo del holograma de un Turiasaurus riodevensis: “Guadalajara en un llano, México en una laguna”. De fondo la estampa de Riodeva en fiestas, y ellos como dos figuras de Giacometti intuyendo que ese baile sería el último, por eso se apretaron, se miraron, se arrebataron un beso, se ruborizaron, se agarraron las manos y en cada giro supieron que los Lori Meyers tenían razón, al final siempre brilla el sol.