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Ana I. Gracia

Uina secretaria de Estado en el Gobierno de Mariano Rajoy, ya de retirada, me describió hace unos días la frustración que sintió durante el tiempo que ejerció responsabilidades públicas por la fuerte ansiedad que le provocaba el sentir que lo hacía todo a medias.

Las exigencias de un cargo de esas características se volvió incompatible con sus propios cuidados y los de su familia. “Me acostaba pensando que no llegaba a nada: ni al trabajo ni en casa”. Ella parió a su único hijo varón días antes de que el Partido Popular arrebatase La Moncloa al PSOE. La llamada del presidente del Gobierno le pilló dándole el pecho a su bebé, pero la oferta fue tan tentadora que no supo decir que no.

Con la experiencia que da el paso del tiempo, ahora cree que no tuvo que haber aceptado un puesto de esa responsabilidad en un momento “malo” de su vida. Es verdaderamente frustrante que una mujer vea sus aspiraciones laborales truncadas cuando decide ser madre y es desolador que alguien considere que el posparto es un periodo nefasto para poder desarrollar tu trabajo con plenitud. Porque el problema no es la valía ni el ser mujer, la dificultad aparece cuando la maternidad se coloca en la primera línea de las prioridades vitales.

Siempre debe existir la posibilidad de no renunciar, de no dimitir, sea la responsabilidad del puesto que se ocupe. Retirarse para la crianza no es el camino de la tan ansiada igualdad que tanto anhelamos y a la que todos los Gobiernos les gusta referirse cuando llegan al poder, pero luego la realidad les da una bofetada y nadie sabe muy bien cómo aplicarla.

Esta conversación vino a cuenta de la dimisión de Adriana Lastra como vicesecretaria del PSOE porque un embarazo de riesgo le impide cumplir con sus funciones en el partido. La salida de una de las mujeres más cercanas de Pedro Sánchez abre también otro debate muy interesante: cuando la salud se vuelve una prioridad, ¿no hay otro camino que renunciar? Es una pregunta que debe invitarnos a todos a la reflexión.

El Gobierno va a invertir hasta 20.000 millones de euros en políticas de igualdad de aquí a 2025. Es una cantidad considerable que debería invitarnos a la esperanza, pero cuando uno mira en lo pequeño, en el día a día, en la casa de la vecina o en la de la compañera de trabajo, se da cuenta de que faltan políticas de familia, medidas de conciliación y mucha más ayuda a la maternidad.

El peso psicológico de tener un hijo y de pasar muchas horas en el trabajo es tan alto que la mayoría de las mujeres renuncia a su ascenso laboral por pasar las tardes con su bebé, aunque también se ha naturalizado la crítica hacia la mujer que decide mantener su trabajo. ¿Que decide hacer reposo en el embarazo? Mal. ¿Que decide no ejercer hasta el día antes de parir? También mal. ¿Que no apuras la baja maternal? Fatal. ¿Se pide una excedencia para criar? Qué mala profesional.

No es nada fácil para una mujer con aspiraciones laborales compatibilizarlo con criar a un hijo. La secretaria de Estado de la que les hablaba al principio pagó caro aceptar ese puesto. Su marido la dejó cuando su hijo no había soplado aún la primera vela, el chiquillo buscaba los brazos de su cuidadora cuando mamá no llegaba ni a darle la cena y el presidente del Gobierno prescindió de sus servicios al agotar la primera legislatura porque “tener un hijo tan pequeño te quita tiempo para un puesto de tan alta responsabilidad”.

¿Conclusión? Que España presume de desarrollar políticas de igualdad que no pasan del dicho al hecho. Que el peso de ser padre es mucho más ligero que el de ser madre. Que mientras ellos no se corresponsabilicen de la crianza de los menores para ellas es mucho más complicado mantenerse en puestos directivos. Que en el Gobierno de España hay 14 ministras mujeres pero el presidente sigue siendo un hombre. Como ha sido siempre... ¿Y hasta cuándo?.