Síguenos
Un plato menos en la cena de Navidad Un plato menos en la cena de Navidad

Un plato menos en la cena de Navidad

banner click 244 banner 244
Ana I. Gracia

Se levanta la primera esta mañana y enciende el fuego de la casa del pueblo. La familia se reencontró ayer por la noche y hubo que abrir las ventanas para que se espantase el olor a cerrado. Es normal, pensó, si nadie viene desde septiembre. Llena de agua la olla más grande de la casa y la pone a hervir.

Su madre no le llama, no le contesta, no le calma desde hace quince años, pero siempre la echa infinitamente más de menos ahora, cuando se despide diciembre, cuando entra la Navidad.

La despierta el rugido del agua cuando entra en ebullición. El puchero pide alimento y lo destapa. Mete una pata y la carcasa del pollo de corral descuartizado que sacrificó el tío Alfonso para la cena de hoy. Lo mezcla con la zanahoria, la cebolla, el nabo, el puerro. Y espera.

Ay, mamá, suspira, mientras retira hasta la fregadera la espuma que expulsa el caldo. Cuántas cosas te has perdido... Tres nietos tienes ya. ¡Si los vieras! Echa un puñado más de sal y lo prueba. La pequeña heredó tu nombre, y cuando la llama su abuelo, ¡hola, Carmen!, parece que la que va a abrir la puerta eres tú.

Pela la patata y se escucha a sí misma hablando en voz alta, hablando con ella, esta mañana de Nochebuena en la que todos descansan en las camas que cada uno ocupaba cuando la familia eran seis miembros y no cinco. ¿Qué le echabas al caldo que nunca consigo que me salga igual?

Revuelve la olla mientras mentalmente hace balance del año que termina. Personalmente la evaluación es buena, pero le pena tanta fatiga que ha dejado la pandemia. A ti te hubiera gustado que hubiéramos pasado todos juntos aquí el confinamiento, ¿a que sí? Abre la ventana, cierra los ojos y asiente cabeza arriba abajo, como si el aire que se le estampa en la cara le trajera la respuesta que reclama.

El 2021 se va sin desgracias gordas cerca, respira con alivio, y es entonces cuando descubre que está llorando y que son los recuerdos los que le traen el agua a los ojos. Mamá… yo lo que deseo es que me vuelvas a llevar de la mano al colegio, que me desenredes el pelo. Quiero que cuentes cada noche cuántas esquinitas tiene mi cama, tú, la única santa que ocupa el reino de mis cielos.

Cuando vuelve a esta casa en la que siempre es la adolescente que la mira desde el mueble del salón se escucha hablando como ella, cocinando como ella, regañando como ella. Hoy es el día en el que se mira en cualquier espejo y la ve. Ahora entiende todo lo que le criticaba: los límites, las preocupaciones, los miedos, y le agradece que dedicara su vida entera a eso, a ser su madre las veinticuatro horas al día.

Los roles han cambiado y ahora son los niños los que sostienen todo: la Navidad, el verano, la familia, los años que pasan y pesan. Ellos le llamaron tía por primera vez, ellos le quitaron el honor de ser la pequeña de la casa y son ellos también quienes ahora la fuerzan a seguir creyendo en la magia de la Navidad que se congeló en 2006, el año que se fue. ¿A qué hora llegará Papé Noel esta noche?

Estos pensamientos van y vienen, como los primos, que juegan en la plaza donde treinta años atrás lo hacía ella con sus hermanos. La vecina toca el timbre, le atiende el sobrino mayor, que recoge el puñado de polvorones que tira a las manos. ¡Qué guapos estáis! Si vuestra abuela levantara la cabeza...

El caldo alcanza el punto definitivo de sabor. El horno se enciende y se apaga. El pavo relleno espera a que los invitados se sienten en la mesa. La cena se sirve, se brinda porque nos quedemos como estamos, y alguien suelta que qué rico, pero que a mamá el caldo y el pavo le salían bastante mejor. Ese comentario -al que ella replica que el año que viene lo intentas tú- e imaginársela allí, con el plato que no se le ha puesto en la mano, vuelve a convertirse en lo mejor y en lo peor de esta bendita, maldita Navidad.