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Juanjo Francisco

Nos sobran los motivos, como diría Sabina, para estar harticos de muchas cosas. Estamos siendo sometidos con rigor a una especie de prueba de paciencia para medir nuestra resistencia ante las adversidades cuando apenas habíamos entrenado antes. No sé si ahora llegará el turno de los ovnis, los zombis o los volcanes, tal y como predicen los agoreros más cachondos, pero sí está claro que nos queda un mundo por delante antes de llevar la vida anterior al 2020. 
Y entremezclados con todo este maremagnum en el que chapoteamos están los políticos, ciudadanos como nosotros que, por un tiempo más o menos prolongado - en el caso algunos prolongadísimo- aparcan lo que tengan que hacer, en el caso de que lo tengan, para arreglarnos la existencia a los demás. Hace unos días Iñaki Gabilondo, un icono ya medio retirado del periodismo patrio, confesó que estaba ya empachado de hacer análisis políticos, que prefería volcar sus inquietudes a otras facetas que considerara también noticiables. 
Si un tipo como él, que ha conocido tiempos de miserias y oropeles en la política española decide ahora renunciar, qué mal tiene que ver el asunto. ¿Y quién es aquél que no está un poco hartico ya de monsergas sin utilidad?, ¿quién diablos no clama un pelín por el cese de tanta zarandaja dialéctica en favor de una mayor eficacia de gestión, ya sea económica o social, quién?. El caso es que, mientras el común del personal bastante tiene ya con recelar del que se le acerca mucho, de evitar sitios con aglomeración, de no perder el puesto de trabajo o incluso de no pisar una placa de hielo para no estamparse, los políticos mantienen templado ese microclima tan suyo plagado de invectivas a diestro y siniestro que solo interesan a los de su clase en tanto los demás estamos a otras cosas, no sé si más vulgares o no pero sí más reales. La teoría y la práctica política en tiempos como estos deberían ser más cautelosas, con menos postureo y empalago. Comprendo pues a Gabilondo, que fue esponja a gran escala, pero hay que reconocer que todo en la vida es política, que con todo se hace política y todos, de una u otra manera, acabamos haciendo política en nuestra vida cotidiana, aunque ahora, por todo este presente incierto, vendría bien alguna tregua para ver si, entre todos, logramos que lleguen respuestas.