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Juanjo Francisco

L a pandemia está acabando con la paciencia de todos nosotros porque, además de larga, está siendo pesada y persistente. Ha pasado por encima de todos los buenos deseos y los afanes solidarios de la gente, por encima de todo. En este septiembre brumoso nos estamos preparando, otra vez, para lo peor porque el hartazgo de muchos amenaza el presente y el futuro de otros tantos.
Con la zarandaja de la responsabilidad social como argumento de resistencia ya superada, ahora solo queda encauzar los cabreos como buenamente se pueda. Eso sí, ha comenzado la caza de responsables, que los tiene que haber de todo: de que no haya espectáculos teatrales, del cierre de lugares de ocio y copas, de los parques infantiles, de los campos de fútbol y de la falta de rastreadores. Se ha desatado la veda de la queja permanente, único consuelo que nos va a quedar hasta el final de todo esto.
Es curioso cómo se escuda el personal en la falta de aptitudes de nuestros responsables, que no digo que no tengan algo de razón, pero me da que todo esto tiene mucho, mucho que ver con uno mismo, con la manera de afrontar el día a día tan chusco que vivimos desde hace ya medio año.
No estamos hechos para soportar sacrificios, qué va, eso es de los mayores, que ya las pasaron putas y están acostumbrados; ahora, cuando el mundo es un altar a la inmediatez, porque todo es rápido, todo sucede a toda leche, también queremos que esto pase en un visto y no visto...y no va a ser así. Por lo tanto, habrá que asumir una parte, la que toque, de importante puteo individual y asumir que vivir con riesgos también es una forma de vivir. Y que no siempre hay responsables de todo lo que nos incomoda. Me parece que todo lo que se nos ha venido encima es lo suficientemente grande como para que no haya soluciones mágicas, que no las hay por mucho que se oigan en las conversaciones de terraza o tertulia de televisión y, aunque nos empeñemos en hacer lecturas políticas de la gestión pandémica, tampoco tienen razón de ser, más allá de las dotaciones en personal y medios, eso sí. Y con ellos, a apechugar con lo que venga y a cruzar los dedos.