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Juanjo Francisco
Nos hemos cansado de ponderar a lo largo de muchos años las bondades de vivir en un entorno reducido, lejos del agobio de la gran ciudad, en un lugar que, por poco poblado, resultaba más amable, más próximo. Ajá, con la proximidad hemos topado.

Mira por dónde, ahora resulta que lo próximo es un atributo que todos quieren exhibir: la banca (sí, también la banca), el fontanero, el abogado, las compañías de seguridad, todo Dios quiere estar próximo porque es un valor alza. Y, sin embargo, por arte de birlibirloque, en un plazo muy corto de tiempo da la sensación de que aquí, en Teruel, donde todo es próximo desde hace tiempos inmemoriales nos estamos sumergiendo en una corriente  más bien de lejanía.

Para empezar por un asunto polémico donde los haya: de la banca, que aquí había sido más próxima que nunca, ya nos estamos sintiendo más alejados que nunca, se ha acabado eso del trato de confianza empresa-cliente derivado del conocimiento mutuo de los respectivos actores; aquí ha llegado también la tabla rasa y que cada palo aguante su vela; del servicio de Correos, pues qué quieren que les diga, es otra de tantas compañías de implantación nacional que rasca negocio allá donde esté.

De la sanidad, mejor no mencionarla porque de sobras conocemos en qué situación estamos, ¡y eso que tanto se ensalzó aquí el trato humano de los profesionales y tal! Sálvese quién pueda, a eso hemos llegado en este punto. Al final, los abogados y las empresas de seguridad, que les va mucho en ello, van a ser los únicos próximos que tengamos. Se acabó entonces esa bendición de la humanización de lo cotidiano. Ahora vamos a ser pocos, como siempre, pero distantes de lo que necesitamos en el día a día. Ahí nos vamos a ver igualados con los que viven en las grandes ciudades, qué curioso. El problema es que ellos ya están acostumbrados a eso que se llama el anonimato. Aquí va a ser, de hecho está siendo, más duro de digerir y se ve cada día en cualquier dependencia bancaria o administrativa. Así que no queda otra que ir acostumbrándonos a menos compadreo, menos peticiones de favores personales habida cuenta de la buena relación y más entreno en las rutinas nada próximas del teclado o del teléfono móvil. Poquitos y separaditos, la nueva realidad.