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Juanjo Francisco

Cada mañana hay que resetear el cerebro si tienes un despertar un pelín optimista; son necesarios algunos segundos para ganar consciencia de la realidad a la que te incorporas y prepararte para otro día extraño. Hace tiempo que tengo esa sensación especial que se acrecienta según el repiqueteo de las cifras pandémicas va tomando peor pinta.
Un buen amigo me recuerda alguna vez que tengo cierta tendencia a recrearme en la nostalgia de las pequeñas cosas y no sé si lo que pasa es eso o la constatación de que el tiempo se ha detenido sin fecha de puesta en marcha. Por San Valero vuelven recuerdos primerizos, de aquellos años en los que uno forja sentimientos imperecederos que han sobrevivido a todo y que ahora  también se mantienen contra viento y marea, más que nunca.
El tiempo, los días, los fines de semana, el calendario, son conceptos que están perdiendo referencias, no están sumando en la peripecia vital porque no añaden apenas nada. Uno sigue adelante sin moverse del sitio y desea además que todo siga así, sin sobresaltos ni malas noticias, discurriendo por una planicie sentimental salvada únicamente por los más cercanos. Y gracias.
San Valero siempre es una alerta, una lucecita que atestigua que sí, que hubo una vida que, cual tronco añejo, iba sumando muescas según distintas vivencias y este año aún se nota más a cuenta de todo este parón social que estamos viviendo. 
Ha sido puntualmente por esta fecha significativa, en la que nunca ha ocurrido nada especial, ni siquiera me veía con uno de los primeros amigos que haces en la vida, pero siempre, siempre, indefectiblemente, nos hacíamos un guiño cómplice en la distancia, un brindis virtual por los viejos tiempos que compartimos en la llamada ciudad del viento, sin que sea este un tópico trasnochado, ni mucho menos.
Y este 29 de enero ha sido otro de tantos que ya hemos pasado y, sin embargo, nos ha emocionado como nunca porque es otra fecha más que añadir a todas esas que ya hemos perdido. La paradoja de esta vida que se gasta pero no avanza es esa, que te obliga casi siempre a recordar lo que fue antes. A veces me pregunto si me acostumbraré alguna vez a ver gente sin mascarilla, justo en estos días en los que pronto hará un año de los días en los que se me hacía muy raro ver tanta cara tapada.