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Juanjo Francisco

En marzo parecía tan lejano el verano...se vivía entonces tan pegado al presente, tan pendiente de las múltipes tragedias que repartía el virus que nadie se paró a pensar que llegaría julio. Si acaso, cuando se pensó eso es probable que se asociase a una dulcificación de la pesadilla que llegaría porque sí, porque para entonces toda esa grisura de marzo, también de abril, sería una cosa del pasado reciente. 
Unas cuantas prórrogas del estado de alarma después y consumidos esos tramos de calendario denominados fases, estamos a las puertas de julio y, con más calor, sí, no ha cambiado mucho la percepción de uno sobre la sociedad en la que vive. Esto de la pandemia no se ha terminado y aunque parezca que somos la misma gente que en marzo, llevamos la mascarilla y los recelos puestos. Nada es normal, por mucho que nos lo repitan.
En este punto hay que admitir que pasaremos el verano, tal vez no muy lejos de la residencia habitual, que veremos rostros serios en los regentes de bares y restaurantes porque las cajas diarias se van a resentir, y que la alegría festiva de otros tiempos sera eso, de otros tiempos.
Somos otros. No sé si hemos transmutado en humanos más solidarios, leales, respetuosos con el prójimo y todas esas adjetivaciones que se lanzaron en las redes y medio durante el largo trimestre de la alarma, ojalá. Lo que yo veo, no obstante, es mucha tristeza, desconfianza, tal vez nostalgia de un antes que se ha esfumado, y temor, bastante temor, alimentado por los informativos que indican tal o cual rebrote en distintos puntos del país. La estadística, esa herramienta inmisericorde, nos va a ir indicando hacia dónde vamos este verano, si en dirección a un otoño que amenaza con nuevos confinamientos, o hacia meses de cierta esperanza por dejar todo esto atrás. Somos otros y habrá que ir acostumbrándose a ello. No sé si los artistas y creativos varios estarán trabajando ahora mismo sobre cómo poner música y poesía a esta situación de sí pero no, que debe ser harto difícil, pero también hay que confiar en que tenemos la piel más dura, que la angustia que se vivió a mediados de marzo y dos meses más, ha servido para que dejemos de ser unos pardillos prepontentes ante el coronavirus, que mata.