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Juanjo Francisco

El día de la tragedia nació con un viento húmedo que tumbaba las mieses y causaba tiritonas a las mulas, animales, por otra parte, acostumbrados a los rigores del tiempo sin más secuelas que esa eterna mirada tristona que lucían. Alfonso era el orgullo de su madre, un hijo hermoso, de anchos hombros y pelo abundante, resistente al azote del polvo de campos y caminos, inmune a las penas de esa casa de amplias salas, siempre ventiladas, como para auyentar la tristeza que las impregnaba.
Ernestina deseaba muchas tardes que el tiempo se detuviera o, quizá mejor, que volviera para atrás, a los días en los que la abuela Lucía lanzaba advertencias repetidas sobre los trompazos que el pequeño Alfonso se pegaba corriendo tras las gallinas, ese renacuajo morenico que daba sus primeros pasos. Lucía fue una mujer cabal, insensible a las flaquezas que insuflan los sentimientos. Para ella, la vida era una trinchera. Y con ese ánimo afrontó la repentina y pronta viudedad de su hija y la fragilidad que acarreaba el deceso.
Madre e hija acunaron al pequeño Alfonso y lo arroparon en su tránsito hacía la hombría que hoy se mostraba rotunda, para envidia de otros muchos jóvenes del pueblo. Demasiada ponzoña latiendo alrededor, temió hasta sus últimos días la vieja Lucía.
Y Ernestina, con la impronta de su madre, se afanó en proteger y acompañar a su hijo en el diario vivir, mitad trabajo duro, mitad juergas en tabernas y verbenas, con la esperanza última de que él sentara pronto la cabeza con alguna de las muchachas que le rondaban, que eran tantas como para despertar en otros los recelos que ya adivinó la abuela.
Cuando aquella mañana rara Alfonso enfiló el camino de la masada con las caballerías, la madre le siguió con la vista desde lo alto del solanar, a través de una diminuta ventana. Tenía como encogido el corazón, como si ya sintiera la amenaza sobre el hijo.
La nube negra llegó de pronto para posarse sobre la masada y el contorno. Apenas tuvo tiempo Alfonso de buscar refugio para él y sus mulas, ollares abiertos ante el terror de los truenos, cuando el rayo repentino atravesó todo su cuerpo. Ernestina, aún en la ventana, sufrió un respingo ante el clarear del cielo y se santiguó.