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Elena Gómez

El curso escolar ha dado sus primeros pasos a trompicones, va a ser una dura prueba para todos. Tenemos puesta nuestra atención en cómo se va a garantizar la salud de los pequeños, vivimos un momento crítico y crucial en nuestra historia, y es lógico que la opinión pública esté centrada en la evolución de la pandemia y sus consecuencias.

Pero esto no impide que la vida continúe y en los colegios existen otros problemas que no deberían dejarse de lado. De hecho, el bullying podría ser más feroz, si cabe, al hilo de mascarillas, distancias de seguridad, contagios, etc. Y está claro que los protocolos escolares no son del todo eficientes.

Seguramente todos fuimos testigos de esa lacra infantil cuando íbamos a la escuela. En mi caso, tuve la suerte de no sufrirlo en mis propias carnes a pesar de tener todas las papeletas. Siempre tuve un carácter fuerte, lo que me granjeó el respeto de mis compañeros y, gracias a ese temple, me posicioné del lado de aquellos que sufrían acoso escolar por ser más vulnerables. Hoy en día, tengo la fortuna de seguir teniendo una buena relación de amistad con algunos de ellos.

Aunque nos solemos preocupar por este tema cuando salta de vez en cuando la noticia, la mayoría no somos conscientes de las graves secuelas que pueden quedar de por vida en una persona hostigada en el colegio: depresión, falta de autoestima, intentos de suicidio… La sombra del bullying es alargada.

Algunos de aquellos compañeros, en plena madurez y con su vida resuelta, me han llegado confesar que siguen teniendo miedo. Miedo a encontrarse con aquellos que los convirtieron en la diana de sus burlas y a que, con el paso de los años, no haya cambiado nada. Si hemos tenido alguna reunión de nostálgicos, su grado de nerviosismo ha sido extremo e incluso algunos ni siquiera han acudido a la convocatoria.

Sin embargo, esos "malvados" críos se han hecho mayores y han comprendido que el respeto y la empatía son la base fundamental de nuestras relaciones sociales. Ha desaparecido la crueldad y no existe un ápice de arrepentimiento porque han olvidado todo aquello.

Quizá la inocencia de los niños está sobrevalorada, quizá el sistema no sea tan perjudicial para nuestras conciencias.