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Cómo hemos cambiado

Elena Gómez

Esta semana me han ocurrido dos anécdotas que me han ayudado a disipar esta sensación tan pegajosa que se nos está alojando en el alma y que tardará tiempo en desaparecer de nuestra memoria.

Una de estas anécdotas no es precisamente una buena noticia, pero unida a la otra, me ha hecho revivir uno de los momentos más vergonzosos e hilarantes que he protagonizado nunca. Por un lado, mi grupo favorito, Presuntos Implicados, ha anunciado que cesa definitivamente su actividad como tal. No es que hicieran demasiadas cosas juntos ya, pero seguían estando ahí como referente. 

Por otro lado, una gran amiga me regaló un libro y, al abrir sus páginas, me encontré con una entrada del concierto de Presuntos Implicados del año 96, en el campo de fútbol de Las Viñas. Veinticinco años después, los ojos se me llenaron de ayer y una sonrisa de oreja a oreja me hizo ver "cómo hemos cambiado". No soy muy dada a guardar recuerdos, por eso el regalo de mi amiga me hizo tanta ilusión. Un solo objeto puede convertirse en una máquina del tiempo y ayudarte a sentir la vibración de otros tiempos que, tal y como nos encontramos hoy en día, fueron a todas luces mucho mejores.

Aquella noche yo estaba emocionada. Aunque el grupo había actuado otras veces en Teruel, para mí era la primera vez. Por supuesto, nos pusimos en primera fila sin importar los empujones e incomodidades, para eso siempre tuve los mejores amigos. Si a Elena le gustaban los Presuntos, allá que íbamos todos. En aquellos tiernos años 90, teníamos por costumbre compartir litrona, y para que yo no me cansara con tanto peso, a mí me daban un tubo y me iban rellenando la cerveza.

Lo que ocurrió durante el concierto, lo recuerdo como subida en una nube… Los efluvios etílicos me incitaron a hacer unas cuantas estupideces, entre ellas abrazar a Soledad Giménez mientras le bloqueaba el paso a los camerinos. Las risas que se echaron mis colegas -conmigo o a mi costa- se han convertido con el paso de los años en una gran historia que contar en reuniones y quedadas.

Pero gracias a estos recuerdos, me he reafirmado, más si cabe, en la idea de lanzarme al jolgorio y el desenfreno cuando despertemos de la pesadilla, sin excusas ni ambages.