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Sin tiempo Sin tiempo
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Elena Gómez

El año nuevo siempre llega con un propósito, el de organizar mejor el tiempo. Todos estrenamos agenda, da igual que sea física o virtual, con la convicción de que esta vez sí que sí, haremos todo aquello que nos apetece. Pero en un mes, todo se habrá puesto patas arriba…

¿Por qué tenemos la sensación permanente de no tener tiempo? Las horas están ahí, inmutables, avanzando con la misma indiferencia de siempre. Lo que falta no es tiempo, es disponibilidad mental y emocional. Vivimos ocupados antes de decidir en qué ocuparnos.

Todo compite por nuestra atención y casi nada la merece. Saltamos de una tarea a otra con la ilusión de avanzar, cuando en realidad nos desplazamos en círculos. Llamamos productividad a la acumulación de tareas y eficiencia a no detenernos nunca. Pensar, dudar, incluso aburrirse, son actos que han pasado a ser un lujo e, incluso, un comportamiento sospechoso.

Desde niña, soy muy fan de la novela Momo, de Michael Ende. Por eso llevo toda mi vida preguntándome quién se queda con el tiempo que sentimos perder. Es difícil saber cuándo la comunidad impuso una presencia continua, una actividad constante y sin respiro, como si este devenir frenético fuera una virtud y no una sofisticada forma de desgaste.

La cotidianidad nos ha tendido una trampa. Comemos rápido para volver a lo que sea que nos espera. Escuchamos a medias. Respondemos mensajes que no importan mientras postergamos conversaciones que sí. El tiempo no se va, se diluye, se nos escurre en gestos intrascendentes.

El tema es incómodo, lo sé. Nos obliga a mirarnos el ombligo como sociedad, a reconocer que la sensación de falta de tiempo es compartida. Debemos aceptar que, si todos sentimos que no llegamos, alguien está llegando primero.

Pero preguntarnos por el tiempo no es un ejercicio de nostalgia, es un acto de lucidez. Mientras no nos paremos a reflexionar sobre ello, seguiremos convencidos de que el problema somos nosotros, incapaces de organizarnos mejor. Y así, no tendremos tiempo para percatarnos de que, tal vez, el tiempo nunca fue nuestro.