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Censura de las redes sociales

A.M.

Hemos asistido en las últimas semanas a una vuelta de tuerca sobre las reglas que rigen el contenido que se puede publicar en las redes sociales. Twitter, Facebook e Instagram decidieron cerrar la cuenta del expresidente de los Estados Unidos por tiempo indefinido, sin saber muy bien el motivo que justifica dicho cierre, y que, en todo caso, la gravedad de lo publicado no difiere mucho del contenido que aparecen en otras cuentas que no han sido cerradas.   

Siempre he defendido la propiedad privada como uno de los pilares sobre los que se asientan la democracia y el progreso, por lo que estas redes sociales, como empresas privadas que son, pueden establecer las reglas que consideren necesarias con el fin último de maximizar el beneficio de sus accionistas. Por lo tanto, a aquellos usuarios de las redes sociales que no les guste esa decisión estratégica de sus propietarios, ya saben lo que tienen que hacer: darse de baja y pasarse a la competencia. 

Pero aquí es donde comienzan los problemas. Cuando una empresa utiliza su elevada cuota de mercado para impedir la entrada de nuevas empresas (de competencia) a ese mercado, abusa de su posición dominante ya que establece barreras de forma artificial y no como legítimo poseedor de una tecnología específica. Y eso es lo que, lamentablemente, está pasando actualmente con las denominadas Big-Tech, sin que nadie haga absolutamente nada al respecto (es verdad que en el seno de la Unión Europea se escucharon algunas voces críticas contra esa decisión, incluso la presidenta de la Comisión Europea ha dicho “es un ataque a la libertad de expresión”). 

Las grandes empresas tecnológicas del mundo actual: Amazon, Twitter, Facebook y Google controlan el 99% de la cuota de mercado del sector. Pero no se han conformado con esa posición de dominio y quieren más, lo que hace que su comportamiento restrictivo de la libre competencia sea propio de un cartel: han impedido a la competencia que pueda entrar en ese mercado. Parler o Gab son plataformas alternativas a esas grandes y han visto cómo Google y Apple las sacaron de sus tiendas de descarga, y Amazon no les dio soporte para poderse alojar sus servidores. 

Un acuerdo tipo cartel, como el que están teniendo estas empresas, persigue como fin último el máximo poder de mercado y un mayor beneficio, igual al de un mercado monopolístico. Esto, lógicamente, va en perjuicio de los consumidores que se ven obligados a pagar un mayor precio por los bienes y servicios. Pero si estas empresas ya tienen el control total del sector con una cuota de mercado del 99%, ¿qué daño les puede hacer una competencia tan pequeña como la de esas plataformas alternativas? Si el daño no es económico, entonces estamos ante otra variante y es una cuestión de índole moral e ideológico. 

Este problema no es nuevo, solo vuelve a estar de actualidad por el cierre de cuentas de las últimas semanas. Las GAFA, como se conoce en el sector a las grandes (por Google, Amazon, Facebook y Apple) son un problema, son el nuevo imperialismo tecnológico que genera problemas de todo tipo: pago de impuestos, restricciones a la libre competencia, límites al crecimiento tecnológico y límites a la libertad de expresión. 

Alguien debería proponer soluciones a este problema. Porque si no, puede pasar lo que tan bien reflejó Martin Niemöller: “Luego vinieron a por los judíos y no dije nada porque yo no era judío…”. Y será demasiado tarde.