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Camino Ibarz

La maquinaria de la solidaridad se ha puesto en marcha, más rápido incluso que la de los canales oficiales. Una guerra, otra más, aunque la de Ucrania parece más nuestra y cantidad de personas y colectivos han iniciado campañas de recogida de alimentos, ropa, dinero, incluso se han emprendido largas travesías en coches particulares para recoger a personas que van a vivir los próximos meses como refugiadas, lejos de sus casas y sus afectos. Todo es válido y merecedor de reconocimiento social, sin duda. Nadie que puede permitírselo se queda al margen de esta vorágine de ayuda generosa y generalizada, cada cual aportando de la mejor manera que puede. Y todo es bien. Redimimos mucho cada cual así también.

Por todos los canales nos llegan acciones a las que te puedes sumar. Valoras cuánto puedes aportar, decides de qué forma hacerlo, lo haces, ¿y? No te sientes mejor. Al menos eso es lo que me ha pasado a mí y quiero pensar que es algo compartido con más gente. Ser generosa y compartir parte de lo que tengo -siempre desde el privilegio de tenerlo todo y no estar en peligro-, no me hace sentir bien, más reconfortada al pensar que alivias la situación de gente que está en peor situación. No. “Un grano no hace granero, pero ayuda al compañero”, se suele decir, pero ni con esas.

La triste realidad es que a la vez que aportas para la causa Ucrania, sigue activa la tragedia de las pateras en el Mediterráneo, la de Etiopía, o la de Afganistán, que se enfrenta a una profunda crisis humanitaria, con la llegada del invierno. Mujeres, hombres, niños y niñas hacen frente a una grave pobreza y hambre y, como vivimos en un mundo globalizado, te llega la petición de una amiga que te relata la situación de varias mujeres que conoce, refugiadas en Pakistán, que han escapado de Afganistán con lo puesto, esperan visados para venir a España y no tienen ni para comer, su dinero está bloqueado por los talibanes en bancos de Kabul. Allí las ONG están desbordadas. Me pide un bizum con lo que pueda aportar porque esas mujeres, colegas periodistas como yo, necesitan comer y también compresas y tampones. Y hago un bizum, pero con la sensación de que mi ayuda, a esta u otras causas, no alivia ni un ápice el dolor que somos capaces de generar los seres humanos. Y duele mucho.