

Querido lector:
Recuerdo, supongo que, como todos, el día en el que fumé por primera vez. Tenía 15 años y una tarde, con un grupo de amigas, compramos unos cigarrillos que se vendían, por unidades, en un quiosco.
Los pudimos comprar sin dificultad. No nos pidieron ningún documento identificativo, ni nos preguntaron nuestra edad. Aunque ahora parezca increíble, en aquella época, los años 90, fumar estaba muy aceptado socialmente y se podía hacer casi en cualquier sitio: bares, medios de transporte, aulas de las universidades, …
Hoy las cosas han cambiado, y cada vez son menos los espacios en los que se puede fumar. A lo largo de estos años se han ido consolidando los espacios libres de humo, pero, en este proceso, sus consumidores han ido encontrando alternativas al cigarrillo tradicional. Así, ahora, aparte de cigarrillos electrónicos, se puede vapear con todos los sabores imaginables.
Y nuestros menores no sólo se lanzan a estas prácticas (desoyendo las recomendaciones de los especialistas en salud, que vienen alertando acerca de sus riesgos), sino que se suman a las tendencias seguidas por millones de usuarios y a los distintos retos virales que continuamente se propagan por las redes sociales.
Entre esas conductas que preocupan encontramos, por ejemplo, el consumo de las bolsitas de nicotina o “nicotine pouches”. Éstas se colocan entre el labio superior y la encía para su absorción a través de la mucosa.
Ya en el verano de 2024, la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (SEPAR) alertaba sobre su consumo por considerarlo una puerta de acceso a la adicción al tabaco e instaba al Ministerio de Sanidad a alertar a la población española sobre los peligros asociados a estos productos.
Nos toca, una vez más, hablar con nuestros menores y alertarles sobre las consecuencias que pueden tener para su salud estas prácticas y, aunque con la constante sensación de estar predicando en el desierto, no desistir en nuestra labor educativa.
¡Hasta la próxima columna, querido adulto responsable!