Cuando nos enfrentamos a los momentos más difíciles se presenta a nuestros ojos lo que más nos aterra. Miedos que nos paralizan o que nos hacen reaccionar como creímos que nunca lo íbamos a hacer porque quizás nunca adivinamos que algo tan duro se iba a interponer en nuestro camino. Escribo estas líneas cuando Ábalos todavía no ha comparecido ante el juez. Ustedes lo leerán sabiendo si (ya) entra en prisión o si se alarga algo más esa pseudolibertad en la que lleva viviendo estos años de incertidumbre. Quién sabe si ocupará ya una celda o si el miedo a que tire de lo que parece ser una manta sin fin hará que le surjan nuevos ases para mantener el hálito de la libertad unas semanas más…
Más allá del personaje que pasará, presuntamente, a la cultura popular de la caspa, lo corrupto y lo canalla de este país, me quedo con algunos momentos inolvidables del hombre. Aquella primera declaración, creo recordar que en una sala del Congreso en la que se lamentaba por no tener a nadie (ni chófer ni secretaria), por estar solo (arrastrando tanto una s que dolía en lo más hondo) puede verse en bucle para descubrir esos terrores que nos asaltan cuando se concreta esa tragedia personal que no supimos ver, aunque todo apuntaba a que era inevitable.
El otro momento ha sido esta misma semana. Cuando los reporteros que le asaltan a diario frente a la tienda para mascotas de al lado de su casa le preguntaban si tenía miedo de ir a la cárcel y contestaba con un escueto ‘sí’ en el que volvía a arrastrar la s con dolor… A veces cuesta creer que esa persona aterrada que siente la soledad arañándole las entrañas es la misma capaz de tantas tropelías como se le imputan, conocedor de tantos secretos que podrían hundir ¿un Gobierno? y, al tiempo, tan vulnerable frente a lo más carnal y terrenal. Ese personaje que se va dibujando como detestable en el imaginario social en su sentido más amplio (aquí nadie parece salir en su defensa, francamente parece etimológico solo y abandonado por todos) al final no es más que un hombre que tiene miedo a perder su libertad. Por mucho que haya comprado todos los boletos para la rifa de una celda en Soto del Real.
Más allá del personaje que pasará, presuntamente, a la cultura popular de la caspa, lo corrupto y lo canalla de este país, me quedo con algunos momentos inolvidables del hombre. Aquella primera declaración, creo recordar que en una sala del Congreso en la que se lamentaba por no tener a nadie (ni chófer ni secretaria), por estar solo (arrastrando tanto una s que dolía en lo más hondo) puede verse en bucle para descubrir esos terrores que nos asaltan cuando se concreta esa tragedia personal que no supimos ver, aunque todo apuntaba a que era inevitable.
El otro momento ha sido esta misma semana. Cuando los reporteros que le asaltan a diario frente a la tienda para mascotas de al lado de su casa le preguntaban si tenía miedo de ir a la cárcel y contestaba con un escueto ‘sí’ en el que volvía a arrastrar la s con dolor… A veces cuesta creer que esa persona aterrada que siente la soledad arañándole las entrañas es la misma capaz de tantas tropelías como se le imputan, conocedor de tantos secretos que podrían hundir ¿un Gobierno? y, al tiempo, tan vulnerable frente a lo más carnal y terrenal. Ese personaje que se va dibujando como detestable en el imaginario social en su sentido más amplio (aquí nadie parece salir en su defensa, francamente parece etimológico solo y abandonado por todos) al final no es más que un hombre que tiene miedo a perder su libertad. Por mucho que haya comprado todos los boletos para la rifa de una celda en Soto del Real.
