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Nuria Andrés

Europa VII, de La Oreja de Van Gogh, relata los últimos minutos de vida de una astronauta que ha sido enviada al espacio a bordo de una nave. El aparato se ha visto dañado y resulta imposible establecer una comunicación con el centro de control para pedir auxilio. Se encuentra flotando a la deriva. El aire dentro del vehículo espacial escasea y la energía también. La astronauta intenta hacer tiempo, mira por la ventana y distingue un diminuto punto azul. Ese era su hogar. 

Ahora todos estamos en una nave espacial intentando hacer tiempo. Dando vueltas por sus pasillos. De arriba a abajo. De abajo a arriba. Mirando por la ventana y recordando cómo era nuestro hogar antes de que una ciudad de China se colara en nuestras vidas. Calculando el impacto que sufriremos al colisionar en un mundo que no conocemos.  

Nuestro centro de control se encuentra a años luz, cada vez más alejado de los problemas de los mortales y sin escuchar nuestra llamada de auxilio porque está muy ocupado insultándose desde los sillones de la Carrera de San Jerónimo. El Gobierno, que se exhibió como el David de Miguel Ángel que se enfrentaría a Goliat, ha resultado ser la Venus de Milo a la que cedimos nuestro mundo para que lo sujetara. 

En los últimos minutos de vida de la astronauta, sus pensamientos fluctúan entre “ciencia y religión” y los conflictos que han surgido a raíz de estas. Recuerda que su hogar estaba lleno de violencia y mezquindad pero era su casa y ahí estaba la única forma de vivir que conocía. Ahora, también cuesta habituarse a ese mundo imaginario que nos han dibujado y al que llaman “nueva normalidad” por no tildarlo de “desastre colectivo”. Y es que no es nuestro mundo.

Quizás la vida de excesos a la que estábamos acostumbrados no era la mejor ni la más sostenible, pero era nuestra y el cordón umbilical que nos unía a ella sigue intacto. Nuestro centro de control no se puede limitar a responsabilizarnos de la pandemia y a castigarnos si no nos comportamos como es debido, porque todo esto pasará y nuestra nave llegará a algún planeta mediante un aterrizaje forzoso que, aunque nos dejará secuelas, aplaudiremos por haber llegado a Tierra. Pero siempre recordaremos que nuestro centro de control estuvo demasiado lejos y dando vueltas en torno a su propia y pequeña órbita.