Cuando la Alemania Nazi consiguió alcanzar con sus garras el territorio de los Sudetes, una región de la extinta Checoslovaquia, en Europa se quedaron tranquilos y en el país donde gobernó Hitler, también. Era solo un territorio. Y así, además, los alemanes dejaban de dar la lata, que el resto del mundo no quería más guerras.
En el verano de 1938, los nazis inventaron su particular crisis de los Sudetes, afirmando que los alemanes de esa región estaban siendo brutalmente reprimidos. Hitler y su séquito lo tenían claro: querían anexionarse los Sudetes y la supuesta opresión era solo una excusa.
Hace poco más de una semana, Estados Unidos entró en Venezuela en busca de Nicolás Maduro y para quedarse con todos los recursos del país. El 3 de enero, Trump comparecía y mencionaba, por encima, el ansia de lograr una democracia plena en Venezuela y presumía de lo verdaderamente importante para él: quedarse con el petróleo. Exprimir Venezuela como si fuera un limón.
Cuando Hitler se hizo con los Sudetes, el 30 de septiembre de 1938, el primer ministro británico, Neville Chamberlain, descendió del avión exultante tras su regreso de Múnich agitando un papel y declarando “Paz para nuestro tiempo”. Ese papel era un pacto entre Reino Unido y Alemania donde ambos se comprometían a resolver futuros conflictos mediante consulta. “Qué se nos ha perdido a nosotros en una disputa por una tierra lejana entre gente de la que no sabemos nada”, clamaba el primer ministro británico.
Casi 88 años después, algunos se preguntarán: ¿Qué se nos ha perdido a nosotros en una tierra lejana como Groenlandia?
Pues, en Groenlandia estamos a punto de perder la soberanía de las naciones, el reconocimiento de las fronteras de un país. Y está ganando la ley del más fuerte y el pensamiento de que el mundo se puede repartir como si fuera trozos de un pastel. Porciones que solo se reparten entre Rusia, China y Estados Unidos mientras el resto vemos atemorizados como nos vamos quedando sin libertades y sin pastel.
