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N.A.

Mi primer día en la universidad estuvo marcado por las palabras de un profesor, antes periodista: “No os conozco pero tenéis que ser personas muy valientes para haber escogido esta carrera, sobre todo si os habéis atrevido a consultar la tasa de paro que hay”. En ese momento todos teníamos claro por qué habíamos elegido estudiar periodismo y en qué medio queríamos trabajar, todos ellos con sede en Madrid. La capital, por aquel entonces, se presentaba como un oasis de oportunidades y un trampolín directo a la fama.  Cuatro años más tarde, entre las hojas de un periódico nacional de renombre aparece un reportaje acerca del futuro de los jóvenes de este país. Dos estudiantes de periodismo que afirmaban que “para los que son de Madrid no ha habido ofertas de prácticas este año” y que los compañeros de su clase que habían hecho prácticas es “porque son de provincias”. 
De los creadores de “llegan los inmigrantes y nos quitan el trabajo”, viene “llegan los provincianos y nos quitan las prácticas”. El mundo al revés. Ahora resulta que las oportunidades laborales están en los territorios despoblados de España y ser de la capital supone un hándicap para encontrar unas prácticas profesionales. Yo que siempre había pensado que Madrid era, para los periodistas, lo que Hollywood para los actores.
Resulta curioso pensar que, efectivamente, casi todos los de mi titulación hemos hecho las primeras prácticas en otras ciudades lejos de la metrópoli de los Gatos. Pero no por falta de oportunidades, sino porque los madrileños han sido víctimas de su propia trampa. Se cree que en Madrid es donde se encuentra el periodismo de calidad, la cuna de la información y por esto, por supuesto, no es lo mismo una redacción de una ciudad de 35.000 habitantes que otra en el rompeolas de todas las Españas.
Por eso, para incorporarte de becario en cualquier empresa de la capital tienes que pasar por una prueba de selección donde piden experiencia previa en otros medios, saber idiomas, tener un bagaje cultural amplio, manejo de las redes y, si me apuras, si sabes hacer malabares, mejor.  En fin, todo se resume en un verso de Carbonell, “no te amargues, por una vez, te dejamos ser de Teruel” y así seguirá pasando, cuando en la capital cierren las puertas, en Teruel, las abriremos porque aquí todavía creemos en las relaciones humanas y nadie es un número más.