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Nuria Andrés

En aquellas Navidades de 2016, mi abuelo, Julio Andrés, a través de un cuento infantil, se preguntaba en este periódico por qué los Reyes Magos se decantaban por colmar de regalos a los niños de familias pudientes cuyo comportamiento bien merecía un pedazo de carbón, en lugar de a aquellos otros que debían cumplir con la obligación de ser buenos todo el año.

Qué bonitas eran estas fechas cuando la temática de nuestro rompecabezas era sobre un regalo y no acerca de un futuro laboral. A medida que pasan los años, en Navidad, faltan copas en la mesa y sobran preocupaciones. Este año, voy a pedir a los Reyes una agenda dónde no me de miedo escribir mis planes de futuro para el año que viene.

Los jóvenes somos el retrato de una generación que ha vivido a la sombra de dos hecatombes económicas, de ahí que, el mañana se haya convertido en un pozo de ansiedad donde, a medida que caemos, nos damos cuenta que nuestras aspiraciones eran tan solo sueños infantiles que necesitaban un colchón económico inalcanzable para una generación que sufre un 44% de paro.

En el cuento de mi abuelo, Pepito se ofuscaba porque Jorgito, a pesar de que se había portado peor en el colegio, había recibido muchos más regalos que él. Pepito es cada uno de los jóvenes que, tras haber estado años atendiendo a cada una de las exigencias académicas, hoy en día, su animal mitológico favorito es llegar a ser mileurista e incluso poder permitirse el alquiler de un agujero de 25m2 para él solo.

Después de habernos creído el cuento de que el esfuerzo era la única pócima mágica para conseguir el regalo de tener un empleo digno, ahora nos damos cuenta de que, la cultura de la meritocracia es para los jóvenes, lo que el carbón para los niños cada Navidad. 

Años y años intentando portarnos bien y cumplir con las altas expectativas que el capitalismo reclama para recibir siempre un trozo de carbón al finalizar nuestra formación académica.  Años y años han hecho falta para darnos cuenta de que tener un apellido poderoso vale mucho más que los días y días de esfuerzo que nos intentaron vender. Al final, según Nietzsche, el hombre fue el que creó a Dios a su imagen y semejanza para no sucumbir al miedo, también es la clase media la que ideó la meritocracia para mantener el aliento de que algún día saldremos de nuestro eslabón.