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Música en el mundo Música en el mundo

Música en el mundo

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Asunción Vicente

No sé si podríamos imaginar un mundo sin música, posiblemente no, porque nace con el ser humano, antes que la palabra escrita. Los primeros humanos escuchaban sus gritos, palmadas y golpes, sonidos que salían de piedras y huesos. Y comenzaron a usarlos en rituales, para comunicarse entre ellos y para acompañar danzas y celebraciones. Se comenzaron a elaborar las flautas de hueso, algunos vestigios hallados de ellas tienen más de cuarenta mil años de antigüedad; con el tiempo esa música primigenia se organizó y entre las civilizaciones más antiguas se vinculó a los templos y sus rituales. Así, evolucionando como una forma de expresión, comunicación y cultura, llegó a convertirse en ese arte universal del que no podemos prescindir.

En la Grecia y Roma antiguas la música era un pilar de la educación, ligada a la poesía y a la danza, que se enseñaba como parte fundamental de la formación del ciudadano. Pitágoras relacionó la música con las matemáticas, sentando las bases de intervalos y escalas. Roma usó la música en espectáculos públicos, teatros, anfiteatros y desfiles militares, sin alcanzar el enfoque educativo griego, no como un elemento para formar al ciudadano, más bien como música para el pueblo y el poder. De esta forma, los modos griegos sirvieron de base a los modos medievales y la idea de que la música va ligada a las matemáticas y al orden universal hizo que se considerara una ciencia y no solo un arte. Grecia aportó la teoría musical, Roma trasmitió esos saberes al mundo medieval y la iglesia católica los convirtió en la base de la música medieval europea.

En la Abadía de Pomposa, cerca de la Ferrara actual, encuentra la música su refugio durante la edad media. No es solo un lugar de oración, sino un laboratorio musical que cambió la forma de enseñar la música en occidente. Pomposa se fundó entre los siglos VI y VII alcanzando su esplendor en el siglo XI. Como todo monasterio benedictino, los monjes cantaban varias veces al día, la música no era un entretenimiento, sino una forma de oración, elevando el espíritu hacia Dios.

Guido de Arezzo monje benedictino, vivió y trabajo en Pomposa y observo la dificultad que tenían los monjes para memorizar los cantos que se trasmitían desde antiguo de forma oral y se dedicó a aplicar una nueva forma que supuso una auténtica revolución musical, desarrollando un sistema de notación basado en líneas que indicaban alturas fijas, un precursor del pentagrama actual y creó el hexacordo, un método de seis notas consecutivas y un sistema que permitía aprender las melodías con rapidez. Su célebre mano guidoniana, asignando notas musicales a distintas partes de la mano, dedos, nudillos y falanges, se convirtió en un mapa musical para la enseñanza permitiendo que el alumno supiera qué nota debía cantar. Aquí en Pomposa, surgió la música escrita que se estudió y difundió con mayor facilidad. La música dejó de ser solo sonidos para convertirse en lenguaje y conocimiento.

La mañana del uno de enero es especial año tras año. Todo el mundo gira a ritmo de valses y polkas. La música inunda el mundo. Recuerdo con especial emoción el primero de enero del año 2009. Estaba en Viena y tuve el privilegio de asistir al concierto de Año Nuevo en la Sala Dorada del Musikverein, un auditorio con una excepcional acústica y decoración neoclásica, donde la emoción me superaba, inmersa en la música, la decoración floral y el ambiente festivo, alegre y de renovación que se respiraba.

Este concierto se celebra aquí desde 1939 y se ha convertido en el símbolo musical mundial. Su inauguración fue en 1870 y por su sala han pasado directores y solistas de leyenda. Pero no solo suena la música en esta sala, toda Viena es música, en pantallas gigantes, plazas y calles, en una orgia de sonidos armoniosos que invaden el alma. Porque Viena no es solo una ciudad, es una melodía que no acaba nunca.

Calles, salones y teatros se convirtieron desde el siglo XVIII en un gran escenario donde la música pasó a tener alma propia. En la época imperial, emperadores, aristócratas y corte, gozaban de ella en sus salones, pero el pueblo la hacía suya, en tabernas y plazas. En Viena, un concierto no era algo elitista, sino más bien, un rito social que todos los estamentos sociales practicaban.

El vals escandalizó al romper esquemas sociales, era la primera vez que danzaban las parejas abrazadas, girando y girando en un ritmo envolvente que lo convirtió en el símbolo de la ciudad. A su lado creció la polka, mucho más viva y atrevida. Esa música unió a un vasto imperio que ya se resquebrajaba, el Imperio Austrohúngaro, un territorio extenso, diverso, multicultural, con pueblos, lenguas y costumbres distintas. La música logró crear una identidad propia que se tradujo en un compás de tres tiempos que invita a bailar y bailar. Los Strauss, una familia de músicos conocida y sobre todo Johann Strauss hijo, lograron que tonadas y danzas de corte popular se convirtieran en sinfonías bellísimas, elegantes y nostálgicas.

Este primero de enero, bailemos en todo el mundo a ritmo de vals, pidamos al nuevo año, salud, amor, esperanza, solidaridad, tolerancia, intentemos alejar todo lo mezquino y desagradable, confiemos en un tiempo nuevo, que venga cargado de paz para este planeta cambiante y convulso que nos ha tocado vivir, forma parte de nosotros, es nuestro mundo y nuestro tiempo.